“Ahora sí está en las manos correctas”, dijo.
No lloré.
No grité.
Algo dentro de mí se apagó con una calma terrible.
Salí por la puerta de servicio sin hacer ruido. Me subí al coche, miré por última vez la terraza iluminada y marqué tres números: mi abogada, un auditor forense y el inversionista principal del proyecto.
Ellos pensaban que acababan de enterrarme viva.
No podían imaginar lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
La primera en contestar fue Valeria Ríos, mi abogada.
“Mariana, son casi las doce. ¿Pasó algo?”
“Alejandro falsificó mi firma en los anexos del banco”, dije, con una tranquilidad que ni yo reconocía. “Lo escuché decirlo frente a su amante embarazada y su madre.”
Hubo un silencio pesado.
“No regreses a tu departamento”, ordenó. “No lo enfrentes. Mándame todos los documentos originales ahora mismo.”
La segunda llamada fue para Diego Salvatierra, un auditor forense famoso por encontrar fraudes donde otros solo veían papeles aburridos. Llegó antes del amanecer a una sala privada de un hotel en Polanco, con café, ojeras y dos computadoras.
A las seis de la mañana, ya teníamos la primera bomba.
“No solo falsificó tu firma”, dijo Diego, señalando la pantalla. “La copió de un permiso ambiental que firmaste en marzo y la pegó en el contrato bancario. Mira el borde de los pixeles.”
Valeria apretó la mandíbula.
“¿Y esto?”
Diego amplió una página escondida en los anexos.
“Cláusula cuarenta y dos. Si el proyecto fracasa o si el crédito cae en incumplimiento, toda la responsabilidad personal recae sobre Mariana.”
Sentí frío en las manos.
“¿Cuánto?”
“Treinta y ocho millones de dólares”, respondió Valeria.
Alejandro no solo me engañaba. Me estaba preparando como sacrificio.
Al mediodía, entramos en videollamada con Gabriel Fournier, el inversionista mexicano-canadiense que financiaba la mayor parte del hotel. Siempre había sido serio, elegante y brutalmente práctico. Cuando vio las pruebas, no preguntó primero por el dinero.
Preguntó:
“Mariana, ¿estás segura?”
Esa pregunta casi me rompió.
“Sí.”
“Entonces congelo la operación ahora mismo.”
“No”, dije.
Valeria me miró, entendiendo.
“Si lo congelas, Alejandro sabrá que lo descubrimos. Va a borrar discos, presionar empleados y decir que soy una esposa despechada.”
Gabriel se inclinó hacia la cámara.
“¿Qué propones?”
Miré la firma falsa en la pantalla. Recordé el anillo en la mano de Natalia. Recordé a doña Carmen llamándome mujer seca.
“Esta noche Alejandro hará una cena en el Club Empresarial Reforma para anunciar el cierre del financiamiento. Estarán los bancos, socios, prensa y familia.”
Valeria sonrió apenas.
“Que se suba al escenario.”