Diego cerró su laptop.
“Y cuando todos estén aplaudiendo, les mostramos quién construyó realmente el imperio.”
Llegué al club una hora tarde, vestida de negro, sin joyas, solo con el reloj de oro que mi padre me regaló cuando abrí mi primera constructora.
En el salón principal, Alejandro bailaba con Natalia mientras todos fingían no mirar su embarazo. Doña Carmen los observaba como reina de una familia que por fin había eliminado a la intrusa.
Entonces Alejandro me vio.
Su sonrisa murió.
Tomé el micrófono del escenario y pedí que apagaran la música.
El silencio cayó como una sentencia.
“Buenas noches”, dije. “No vine a llorar. Vine a recuperar mi nombre.”
Alejandro caminó hacia mí, pálido.
“Mariana, baja el micrófono. Te estás humillando.”
Sonreí.
“No, Alejandro. Hoy por fin te toca escuchar.”
Y justo cuando levanté la mano hacia la entrada principal, Valeria, Diego y Gabriel cruzaron las puertas del salón.
La cara de Alejandro lo dijo todo.
PARTE 3
La pantalla gigante del club, donde antes aparecía el logo del proyecto, cambió de imagen.
Apareció el contrato bancario.
Mi firma falsa ocupaba todo el fondo.
Diego tomó otro micrófono.
“Lo que ven es evidencia forense de falsificación digital. La firma fue extraída de un documento ambiental y colocada ilegalmente en estos anexos. La alteración provino de una computadora registrada a nombre de Alejandro Mendoza.”
El salón explotó en murmullos.
Un directivo del banco dejó su copa sobre la mesa con la cara blanca. Doña Carmen se levantó furiosa.
“¡Esto es un asunto familiar! ¡Mariana está loca de celos!”
Gabriel Fournier dio un paso al frente.
“No, señora Mendoza. A los inversionistas no nos importan sus infidelidades. Nos importa el fraude. Desde este momento, nuestro fondo cancela cualquier acuerdo con Grupo Mendoza.”
Alejandro empezó a sudar.
“Gabriel, espera. Yo tengo el control de la empresa.”
Yo asentí hacia Diego.
La pantalla cambió otra vez.
Apareció la estructura accionaria real:
Desarrollos Mariana Solís: 56%