El divorcio fue corto y brutal. Doña Carmen llegó vestida de negro, como si enterrara a un rey.
“Destruiste a mi hijo”, me escupió.
“No”, respondí. “Solo dejé de prestarle mi espalda para que se subiera.”
Dos años después, el hotel abrió en la Riviera Maya con mi nombre sobre la entrada principal.
Solís Reserva Maya.
Cuando subí al escenario, vi el mar al fondo, los trabajadores aplaudiendo y a los inversionistas de pie. Nadie habló por mí. Nadie tomó crédito por mis desvelos.
“Durante años me dijeron que era demasiado exigente”, dije al micrófono. “Hoy agradezco haberlo sido. Porque mi exigencia salvó este proyecto, mi empresa y mi vida.”
Esa noche lloré sola frente al mar.
Pero no lloré por Alejandro.
Lloré por la mujer que casi olvidó su propio nombre.
Y por la mujer que, al fin, lo dijo tan fuerte que todos los mentirosos tuvieron que escucharlo.