La invitación llegó en una tarde extrañamente quieta, de esas en las que el silencio pesa más que cualquier ruido. Yo estaba en casa, con una taza de café ya frío entre las manos, intentando terminar un informe sin pensar demasiado en mi vida, cuando escuché el timbre. Abrí la puerta y vi un sobre grueso, color marfil, con letras doradas en relieve: Montemayor.
Sentí un golpe seco en el pecho.
No hizo falta abrirlo para saber que venía de Franco. Aun así, lo hice. Dentro había una tarjeta elegante, ridículamente lujosa, anunciando el primer cumpleaños del hijo de Franco Montemayor y Jessica Reyes. El evento sería en el Salón Principal del Hotel Presidente InterContinental, en Ciudad de México. La alta sociedad, los medios, los socios, los políticos… todos invitados. Todo impecable. Todo diseñado para ser visto.
Sonreí, pero no de felicidad. Era esa sonrisa amarga que nace cuando una ya conoce demasiado bien la crueldad de alguien.
Le di vuelta a la tarjeta y ahí estaba: un mensaje escrito a mano.