Lo único que aún conservaba era mi dignidad, y me aferré a ella como pude. Caminé despacio hacia la mesita del rincón donde estaba la foto de Neftalí. Quería llevármela conmigo. No, no toques nada. El grito de Monserrat me paralizó.
Se paró justo entre la foto y yo. Todo lo que hay aquí es mío. Esa foto se queda, los muebles se quedan, la ropa se queda. Tú nomás te llevas lo que entre en esas dos maletas viejas.
Pero es mi hijo, susurré, sintiendo cómo me quebraba por dentro. Era mi esposo, soltó ella sin una pizca de emoción, y tú ya no tienes nada que hacer aquí.
Monserrat fue hasta la puerta principal y la abrió de par en par. Afuera, la noche era cerrada y el viento hacía crujir las ramas. Señaló hacia la oscuridad, al camino de tierra que conducía al cerro, lejos del fraccionamiento, lejos de todo.
Tienes a dónde ir, Eulalia. Neftalí tenía una propiedad a su nombre antes de casarse conmigo. Esa cabaña espantosa en el monte, eso es lo único que te toca.
Miré hacia la puerta abierta. El aire helado se metía hasta los huesos. ¿Me estás mandando al monte, a esa casucha que se cae sola? No tiene ni luz ni agua. Soy una señora mayor, Monserrat. Podría morir allá.
Me miró con una frialdad que me dolió más que cualquier golpe. Pues muérete si quieres. Esta casa me la dejó Neftalí a mí. Vete a vivir al cerro, vieja inútil. Aquí ya no sirves.
Tomé las asas de las maletas, arrastrando los pies hacia la salida. Pasé junto a mis parientes, que se hicieron a un lado como si fuera apestada. Algunos murmuraron pobre señora, pero nadie dijo ni hizo nada por mí.
Crucé el umbral. No me atreví a voltear. Escuché como la puerta de madera maciza se cerraba a mis espaldas.
El camino al monte nunca me pareció tan largo. Los zapatos de vestir se me hundían en el lodo y tropezaban con piedras. Jalaba las maletas con las manos entumidas. La oscuridad del bosque me tragó por completo.
No había faroles, no había vecinos buenos. Solo se oían los grillos y el crujir de ramas. Tenía miedo. Quería correr, pero no podía.
Al fin la vi. La cabaña, o lo que quedaba, se alzaba entre la maleza. Entré con cuidado, guiándome por la poquita luz de la luna que se colaba por las ventanas rotas. El olor a humedad y abandono me dio en la cara. Olía a olvido.
Solté las maletas y se me doblaron las piernas. Caí de rodillas sobre la tierra sin importarme si manchaba mi vestido negro. Me quedé ahí temblando, temblando, y entonces el miedo se transformó en algo más hondo, algo que jamás creí sentir por mi propio hijo: coraje.
Neftalí, ¿por qué, hijo? ¿Por qué me hiciste esto?
Metí la mano al bolsillo de mi saco y saqué la foto que alcancé a salvar. Era de cuando Neftalí se graduó. Sonreía con esa seguridad que siempre tuvo. Encendí un cerillo que traía en el bolso para verle la cara una última vez. La llamita iluminó sus ojos brillosos.
Tú sabías, Neftalí. Sabías que ella no me tragaba, ¿no? Sabías que era una interesada, y aun así le diste todo. Le dejaste mi casa, le dejaste mi tranquilidad. Y a mí me dejaste esto, un techo a punto de venirse abajo y una soledad que me va a tragar viva.
El cerillo me empezó a quemar los dedos, pero no lo solté. Miré la sonrisa de mi hijo y sentí un impulso terrible. Quise borrarla, quise hacerle pagar.
¿Acaso no fui buena madre? pregunté al silencio. ¿No te di hasta lo que no tenía? Me aguanté el hambre para que tú fueras a la universidad. Soporté la ausencia cuando tu papá falleció para no ser un estorbo. ¿Y así me lo pagas, abandonándome con esa mujer que me acaba de echar a la calle como si fuera un perro callejero?
Acerqué el cerillo a la esquina de la foto. Apenas tocó el papel, el fuego empezó a devorar la imagen. Un humo negro se elevó en espiral. Pero entonces vi sus ojos, los mismos ojos que me miraban con ternura cuando era niño y se caía jugando, esos mismos ojos que me buscaron entre la gente en su boda como si necesitara mi bendición.
No pude seguir. Apagué el cerillo con un soplido desesperado. La llama se extinguió. Apreté la foto contra mi pecho, la arrugué y me deshice en llanto.
Grité mientras me balanceaba en el suelo sucio. No es tu culpa. Soy una vieja ingenua. No es tu culpa haberte ido.
Lloré hasta quedarme vacía. Lloré por él, por mí y por lo injusto que es este mundo con los que aman sin medida. Me hice bolita en el piso, usando una maleta como almohada, y el frío se me metió hasta los huesos. El viento se colaba entre las tablas rotas, pero ya nada me importaba. El verdadero frío estaba dentro.
El agotamiento me venció y caí en un sueño lleno de pesadillas donde Monserrat se burlaba y Neftalí se alejaba.
Al despertar, los rayos del sol atravesaban sin piedad los huecos del techo. Me incorporé sintiendo que cada hueso me dolía. Observé el lugar. No era una casa vieja. Era una ruina total. Nidos de pájaros colgaban de las vigas. El piso estaba cubierto de tierra y caca de ratón. Las paredes estaban manchadas de humedad.
Me puse de pie y fui hacia lo que alguna vez fue una ventana. Afuera, puro monte, árboles y silencio. Estaba completamente sola, sola en medio de la nada, bajo un techo a punto de colapsar.
Esto es lo que valgo para ellos, pensé, sintiendo una punzada de rabia. Pero al ver el panorama, algo dentro de mí se encendió. No era esperanza. Era dignidad.
Muy bien, Neftalí. Muy bien, Monserrat. Ustedes creen que esto es mi final, pero sigo viva.
Me limpié la cara con el dorso de la mano y vi una escoba vieja tirada en un rincón. La tomé. Si iba a morir aquí, al menos lo haría en un lugar limpio. Lo que no sabía era que ese simple gesto, ese acto de barrer la porquería, marcaría el inicio de mi despertar. No sabía que debajo de todo ese abandono, mi hijo había dejado la clave de todo.
Los días siguientes fueron un verdadero martirio, uno que no le deseo ni a la persona que más odio. Mi existencia se redujo a lo más básico: sobrevivir. En la mansión mi mayor dilema era si los manteles combinaban con las servilletas. Aquí solo me preocupaba por despertar viva al siguiente día.
No había luz. Cuando anochecía, todo era oscuridad absoluta, tan espesa como una cueva. No había agua entubada. Tuve que buscar un arroyo que recordaba haber visto muchos años atrás, como a un kilómetro de distancia. Mis piernas, ya viejas y acostumbradas a caminar sobre alfombra, ahora tenían que subir piedras y esquivar raíces. Cada que regresaba con los baldes llenos sentía que la espalda se me rompía.
Mis manos, que antes eran suaves, se llenaron de llagas y heridas. Mis uñas se astillaron. Mi piel se curtió bajo el sol implacable mientras restregaba el piso de rodillas con un trapo viejo y agua helada.
Los recuerdos me atacaban sin piedad. Me venían a la mente las mañanas en la casona. Me despertaba a las cinco para hacerle el desayuno a Monserrat. Le encantaba el jugo de naranja recién hecho y los huevos escalfados al punto exacto. Iba y venía para que no se le hiciera tarde para ir al gimnasio o al spa.
Le planchaba sus blusas de seda con un cuidado extremo. Organizaba sus cenas con sus amigas adineradas, cocinando por horas para que pudiera lucirse como la anfitriona ideal. Y ni siquiera era capaz de levantar su plato.
¿De qué sirvió todo eso? pensé con un nudo amargo en la garganta. Yo fui una criada sin sueldo. Fui una esclava por elección, cegada por el amor a mi hijo y la necesidad de agradar. Pensé que si les daba todo, me aceptarían. Pero la gratitud es una flor rara que no crece en corazones secos como el de mi nuera.
Me miré las manos sucias y temblorosas. Una parte de mí quería rendirse, acostarme en ese catre viejo y dejarme ir, que el hambre o el frío pusieran fin a esta miseria. Sería tan fácil cerrar los ojos y no despertar.
Pero entonces pensé en Monserrat. Imaginé su cara. La vi en mi cocina, tomando vino, riéndose con sus amigas de la vieja inútil que aventó al monte. Seguro ya había tirado mis macetas, seguro ya movió los muebles, borrando cualquier señal de que alguna vez estuve ahí.
No.
Me paré ignorando el dolor en mis huesos. No le voy a dar ese gusto. Si muero aquí como un perro, ella gana. Ella va a brindar con champán sobre mi tumba. Tengo que vivir, aunque sea por puro coraje. Tengo que vivir.
Con esa idea en mente, decidí arreglar el único rincón de la cabaña que tenía algo de dignidad. En una esquina, cubierto de telarañas, había un pequeño mueble de madera tallada. Era un altarcito. Recordé vagamente que Neftalí lo trajo hace años, diciendo que quería un espacio para rezar cuando viniera a ver el terreno.
Limpié la madera con la manga. Saqué la foto arrugada de mi hijo y la alisé como pude sobre la tabla. Necesitaba luz. Necesitaba sentir que Dios y mi hijo estaban conmigo en esta soledad.
Busqué entre los tiliches y encontré un candelabro viejo de hierro forjado, pesado y oxidado. Tenía un pedazo de vela gastada. Lo tomé con mis manos torpes. Quería ponerlo en el centro del altar para que iluminara el rostro de Neftalí, pero el cansancio me jugó chueco. Mis dedos entumidos no pudieron sostener el peso del fierro.
El candelabro se me cayó. Pegó con fuerza. El metal golpeó las tablas del piso justo al pie del altar. Sonó seco y fuerte. Me agaché para levantarlo, regañándome por torpe.