Tres días después de hablar con el abogado, me encontraba reparando el cerco podrido que daba a la carretera principal. El sol de la tarde pegaba con ganas sobre mi espalda, pero yo andaba con una energía que no sentía desde hace años.
De repente, un coche deportivo se detuvo de golpe a unos metros de mí, levantando una polvareda que me hizo toser. Ese carro lo conocía. Era el convertible rojo que Neftalí le regaló a Monserrat en su cumpleaños el año pasado.
Monserrat bajó del auto sin quitarse sus lentes oscuros. Traía puesto un vestido blanco impecable que contrastaba brutalmente con mi ropa de faena manchada de tierra. Se acercó a la cerca, tapándose la nariz con un pañuelo de seda, como si el aire que yo respiraba le diera asco.
Eulalia, gritó desde el otro lado sin atreverse a cruzar la zanja. Ven acá de inmediato. Tengo prisa.
Solté el martillo en el piso con calma. Me limpié las manos en el mandil y caminé despacio hacia ella. No agaché la mirada. Me planté firme, viendo directo a los ojos que ocultaba tras esos lentes.
¿Qué quieres, Monserrat?
Ella sacó una carpeta de piel de su bolsa y sacó un papel.
Hoy necesito tu firma. Es una tontería del banco para liberar un seguro de vida viejo de Neftalí. Al parecer, el inútil de tu hijo se le olvidó cambiar al beneficiario y tú todavía apareces en una cláusula. Firma aquí para que yo pueda cobrarlo y largarme.
Me tendió una pluma dorada esperando que yo obedeciera, como siempre, como la suegra sumisa que corría a complacerla. Miré el papel. Luego la miré a ella.
No voy a firmar nada, le dije con voz serena.
Monserrat se arrancó los lentes de un jalón. Sus ojos, llenos de furia, me taladraron.
¿Qué dijiste? No me hagas perder el tiempo, vieja. Firma de una vez. Ese dinero es mío. Todo lo de Neftalí es mío.
No, Monserrat. Estás equivocada.
Me acerqué un paso más hacia la cerca, invadiendo su espacio.
Ese dinero tal vez sea tuyo, pero la tierra donde estás parada ahora mismo, con esos tacones carísimos, esa es mía.
Ella soltó una risita nerviosa, mirando a su alrededor.
¿De qué hablas? El calor ya te tostó el cerebro.
Estoy hablando de que Neftalí fue más listo de lo que creías. Él puso esta propiedad y las ciento veinte hectáreas alrededor a mi nombre. Y eso incluye el acceso a tu preciosa mansión.
La sonrisa se le borró de golpe. Su cara perdió color, incluso bajo todo ese maquillaje.
Eso no es cierto.
Checa con tus abogados. Yo ya lo revisé con los míos. Y te tengo noticias, querida nuera. Mañana mismo empiezo la construcción de un muro alrededor. Voy a clausurar este paso. Si quieres entrar a tu mansión de cuatro millones, vas a tener que conseguirte un helicóptero, porque por mi terreno ya no vas a cruzar.
Lo que vino después fue un silencio brutal. Le vi en la cara el golpe de realidad. Pude ver cómo hacía cuentas en su mente. Sabía lo que eso implicaba. Su casa quedaría incomunicada. Su valor se iría al piso. Todo su dinero, toda su posición, dependían de que yo quisiera cooperar. Y yo era la misma mujer que ella humilló hace unos días.
Pero tú no puedes hacer eso, balbuceó, perdiendo todo su aire de grandeza. Soy la viuda de tu hijo.
Y yo soy la madre a la que llamaste inútil y mandaste a morir sola al monte. Pues resulta que la inútil decidió cerrar su propiedad. Así que, si me disculpas, tengo cosas que hacer. Lárgate de mi tierra.
Me di media vuelta. Sentí un frío delicioso en el pecho. Al fin se hacía justicia. Al fin ella saboreaba el miedo que yo conocí.
Pero entonces me llegó un grito ahogado desde atrás.
Espera. No, por favor, mamá.
Me paré en seco. Monserrat nunca me decía mamá. Siempre era Eulalia o señora. Giré despacio.
Mamá.
Monserrat se había dejado caer de rodillas en la tierra sin preocuparse por su vestido blanco. Lloraba, pero esta vez no era berrinche. Era terror de verdad. Se aferraba al alambre del cerco como si estuviera en una celda, rogando que no la abandonen.
No puedes hacernos esto. Soy osaba no a mí, no a tu sangre.
¿Mi sangre? pregunté con frialdad. Tú no eres mi sangre, Monserrat.
Yo no, dijo ella, alzando el rostro empapado de lágrimas. Pero lo que traigo dentro sí. Sí.
El corazón me dio un vuelco brutal. Todo se quedó en pausa.
¿Qué estás diciendo?
Monserrat se llevó las manos al vientre plano. Lo acarició con una ternura que jamás le había visto.
Estoy embarazada, Eulalia. Sí. Espero un hijo de Neftalí.
Las piernas casi no me sostuvieron. Me acerqué a la malla. Tomé el alambre de púa sin sentir el ardor en las manos.
¿Un hijo?
Sí, respondió bajando la voz como un susurro desesperado. Me enteré el día del velorio. Por eso estaba tan alterada. Por eso reaccioné así. Las hormonas, el miedo de criar sola. Discúlpame. Por favor, discúlpame. Quería contártelo cuando pasara el riesgo de los primeros meses, pero no puedo dejar que nos cierres el paso a nuestra casa. Es el hogar de tu nieto.
Mi nieto. La palabra me rebotaba en la cabeza como campana. Un nieto. Un pedacito de Neftalí seguía en este mundo. Una nueva oportunidad.
Observé su abdomen plano, perfecto. Ni rastro de que algo creciera ahí. Me invadió la duda. Y dije, conociendo a Monserrat, esto podía ser otra farsa, otro teatro.
Mientes, dije, aunque se me quebraba la voz. Nunca quisiste hijos. Neftalí me contó que no querías arruinar tu figura.
Cambié de idea, mamá, soltó de inmediato, arrastrándose hasta quedar justo frente a mí, separadas solo por la malla. Neftalí y yo lo intentamos a escondidas estos últimos meses. Él quería darte la sorpresa. Te lo juro por su memoria. Hijo de verdad. ¿Vas a dejar en la calle a tu propio nieto? ¿De verdad vas a permitir que nazca en la miseria solo por vengarte de mí?
Vi sus ojos llenos de lágrimas y me parecieron sinceros. Y en ese instante, la mujer fuerte que había surgido dentro de mí empezó a tambalear. El amor de madre, ese impulso irracional pero inmenso, nubló mi juicio. Si era cierto, si de verdad esperaba un hijo, yo no podía convertirme en la verduga de mi propia sangre.
Estiré la mano por encima del cerco. Mis dedos apenas tocaron su hombro. Ella tembló y se inclinó hacia mi caricia como un gato buscando abrigo.
Si es verdad, susurré con la voz apretada, si de verdad llevas a mi nieto ahí.
Lo llevo, mamá. Te lo juro. Tócalo.
Tomó mi mano áspera y sucia y la colocó sobre su vientre. No sentí nada más que la tela fina de su vestido y el calor de su cuerpo. Pero mi mente quería creer. Mi corazón, todavía dolido por la muerte de mi hijo, se aferró a esa esperanza como náufrago a una tabla.
Está bien. Está bien, dije por fin, quitando mi mano. Está bien.
Monserrat exhaló un suspiro tan profundo que pareció desinflarla.
Gracias, Eulalia. Gracias. No te imaginas lo que esto significa.
Pero escúchame con atención, agregué con algo de firmeza recuperada. No voy a cerrar el paso por ahora, pero no lo hago por ti. Lo hago por esa criatura. Si me entero que me mientes, si descubro que estás usando la memoria de mi hijo para manipularme…
No miento, me cortó de golpe, poniéndose de pie mientras se sacudía el polvo de las rodillas. En sus ojos brillaba algo extraño, una mezcla de triunfo y alivio. Ya verás. Será igualito a Neftalí.
Monserrat subió a su coche y se marchó, dejándome sola en la polvareda. Me quedé parada ahí un buen rato, mirando hacia el camino por donde desapareció. Todavía sentía el cosquilleo en la mano con la que toqué su vientre.
Quería sentir alegría. Se suponía que debía sentirla. Iba a ser abuela. Pero mientras volvía a mi cabaña, un frío me anidó en el estómago. Algo en su mirada final, algo en lo rápido que se recompuso, no me cuadraba. Había detenido la guerra por un bebé que no había visto. Y en el fondo de mi alma, una vocecita me gritaba que acababa de cometer el peor error de mi vida.
Pero era mi nieto. Tenía que creer. Tenía que protegerlo, incluso si eso significaba cuidar a la víbora de su madre.
En las semanas siguientes, mi vida se volvió una contradicción. Dormía en la cabaña, rodeada de tierra y silencio, pero pasaba los días en la casona, entregando mis últimos ahorros a Monserrat. Ella decía que necesitaba vitaminas especiales, cunas del extranjero, ropita de marca para la sesión de fotos del embarazo. Yo le daba todo. Cada peso que soltaba era una oración por ese nieto que crecía en su vientre.
Pensé que mi sacrificio traería calma. Pensé que, al ver mi entrega, el corazón de piedra de mi nuera se suavizaría. Fui una tonta. Fui una tonta.
El día del baby shower, llegué a la casa grande con el alma llena de esperanza. Me había puesto mi vestido más bonito, el mismo que usé en la boda de Neftalí. Estaba viejo y pasado de moda, sí, pero lo planché con cuidado. Quería verme digna. Quería que mi nieto, aún desde el vientre, sintiera que su abuela lo esperaba con orgullo.
La casa estaba transformada. Había globos dorados y azules por todas partes, manteles de seda en las mesas y torres de pastel que costaban más de lo que yo gastaba en comida en un año.
Entré por la puerta de servicio, como Monserrat me había dicho, cargando una caja con empanadas caseras que horneé toda la noche. Monserrat me salió al paso en la cocina. Usaba un vestido ajustado con lentejuelas que marcaba apenas su pancita. Estaba guapísima, pero su mirada parecía la de una comandante revisando soldados que no dan el ancho.
¿Qué es eso que traes encima, Eulalia? soltó sin siquiera saludar.
Es mi vestido de los domingos, hija, para la fiesta.
Monserrat soltó una carcajada seca, pesada. Me arrebató la caja de empanadas con desprecio y la aventó sobre la barra.
No puedes salir vestida así. Pareces una limosnera. Mis amigas son de buena familia, Eulalia, hija. No voy a permitir que me avergüences con tus harapos apestando al canfor.
Pero soy la abuela, intenté decir con los ojos que ya me escocían.
Aquí no eres la abuela. Aquí eres la servidumbre. Si quieres estar cerca del bebé, haz algo útil.
Abrió un cajón, sacó un delantal negro y una cofia blanca y me los aventó al pecho.
Póntelo y átate ese pelo. Vas a servir bebidas y levantar platos. Y por favor, ni se te ocurra hablar con nadie. No quiero que se enteren que la mamá de Neftalí acabó convertida en esto.
Me quedé tiesa, apretando la tela rasposa entre los dedos. Mi orgullo me gritaba que me fuera, que le azotara el delantal en la cara. Pero volteé a verla y fijé la mirada en su panza. Allí estaba mi sangre. Allí estaba el hijo de Neftalí. Por él, me repetí. Solo por él.
Me puse el uniforme. Me tragué el llanto y salí al jardín convertida en una sombra de lo que un día fui.
Aquello era un espectáculo de puro ego. Mujeres con diamantes tomaban champán y soltaban carcajadas hablando de viajes y compras. Yo andaba entre ellas con la cabeza agachada, repartiendo bocadillos, invisible. Monserrat era el centro de todo, sobándose la panza y recibiendo regalos ridículos.
En cierto momento, me hizo una seña para que llevara más copas a la mesa principal. Cargué la charola de plata, resbalosa y pesada. Caminé despacio sobre el pasto disparejo. Al pasar junto a ella, Monserrat me miró. Vi en sus ojos una chispa de malicia.
Justo al cruzar a su lado, estiró la pierna. Fue un gesto rápido, con toda la intención. Mi pie tropezó con su tobillo. Perdí el equilibrio. Se me hundió el estómago. Caí de rodillas en el césped duro. La charola voló de mis manos.
El sonido del cristal rompiéndose contra la piedra hizo que la música y las risas se callaran de golpe. Me quedé atontada del golpe.
Pero antes de intentar pararme, los gritos de Monserrat llenaron el aire.
Dios mío. Mi bebé. Está loca. Casi me empuja.