Te pago el doble, sí, se lo juro, pero tiene que estar perfecto. Y otra cosa. Ocupo una faja prostética con piel que se vea real. La que tengo se nota mucho si me tocan. Consígueme una de esas de cine, de silicón médico. Mañana tengo que engañar a un doctor viejo y medio ciego.
Sentí que el estómago se me volteaba. No solo quería papeles chuecos. Quería comprarse una piel nueva para su teatro. Estaba convencida de que podía comprarnos a todos, de que el dinero le daba derecho a inventar la realidad.
Sí. En una hora, en el estacionamiento del centro comercial. No me falles o te reviento.
Colgó. Sus pasos se acercaban.
Me apuré a la cocina, agarré un trapo y empecé a tallar con fuerza la encimera. Cuando pasó por el pasillo, me lanzó una mirada desdeñosa, sin imaginar que acababa de dictar su sentencia.
Deja eso limpio, Eulalia, soltó mientras agarraba sus llaves. Voy a hacer unos trámites por tu nieto.
Sí, hija. Que Dios te acompañe, le dije sin alzar la cara.
La vi irse nerviosa, con esa prisa del que huye de sí mismo. Sonreí con tristeza. Iba a buscar su disfraz, pensando que eso la iba a salvar. No sabía que el doctor que la esperaba no era ni viejo ni ciego y que esa reunión no era para firmar su fortuna, sino su final.
Esa noche, en mi cabaña, no concilié el sueño. Pero no era miedo. Era expectación. La trampa estaba lista. El anzuelo había sido mordido. Mañana se le caía la máscara y yo recuperaría no solo mi terreno, sino la dignidad de mi hijo.
Mañana. Mañana, Monserrat, iba a descubrir que hay cosas que no se pueden falsificar y que meterse con una madre dolida es el error más costoso que se puede cometer.
La sala de juntas estaba helada. El aire acondicionado zumbaba bajito. Pero el verdadero frío era el que se respiraba en el ambiente.
Todos estaban ahí. De un lado de la mesa de caoba, los representantes de la empresa Selva Alta, con sus trajes elegantes y sus portafolios de piel. Del otro lado, los mismos tíos y primos que me ignoraron en el velorio. Ahora estaban sentados con sonrisas fingidas, esperando llevarse algo del banquete.
Y en la cabecera, como si fuera la patrona, estaba Monserrat. Se notaba nerviosa, aunque intentaba esconderlo tomando sorbitos de agua. Vestía un traje amplio de maternidad y mantenía una mano en la panza prominente. Me lanzó una mirada altanera, creyendo que ya tenía todo ganado, que lo de hoy solo era el trámite final para asegurar su fortuna.
El licenciado Valdivieso carraspeó y empezó a repartir las carpetas con los contratos.
Bien, estamos reunidos para formalizar la sesión de derechos de explotación minera y forestal a favor del heredero universal de Neftalí, el hijo aún no nacido de la señora Monserrat.
Monserrat se apresuró a tomar la pluma dorada.
Perfecto, licenciado. Hola, ¿dónde firmo? Quiero terminar de una vez porque el bebé me está pateando muchísimo.
Se escucharon murmullos enternecidos entre mis parientes.
Pobrecita, decían. Qué mamá tan dedicada.
Yo seguía sentada, con las manos cruzadas sobre la mesa. Esperé a que la puntada de la pluma tocara el contrato. En ese instante, hablé.
Un momento.
Mi voz resonó firme y cortante como una valla.
Monserrat se volteó con fastidio.
¿Y ahora qué quieres, Eulalia? No empieces con tus shows.
Eso no es un show, Monserrat. Es lo que marca la ley.
Me puse de pie con calma. Todos me miraban. Ya no veían a la sirvienta del baby shower. Veían a la dueña de las tierras, a la matriarca.
Según la cláusula octava del precontrato, dije dirigiéndome a los inversionistas, antes de cualquier firma relacionada con un menor no nacido, se necesita una certificación médica de viabilidad fetal hecha por un perito independiente.
Monserrat soltó una risita nerviosa.
Ay, Eulalia, ya traje los papeles de mi ginecólogo. Están en la carpeta. No seas ridícula.
Esos documentos no tienen validez, contesté seca. Podrían estar manipulados. La empresa exige transparencia total.
Hice una seña hacia la puerta. El licenciado Valdivieso, con rostro de funeral, se levantó y la abrió.
Pase, doctor Quintana.
El que entró no era el viejito despistado que Monserrat esperaba, sino un hombre alto, joven, con ojos agudos y un maletín médico moderno. Su bata blanca tenía bordado el escudo del tribunal estatal.
El color desapareció del rostro de Monserrat. Se puso blanca como hoja. Sus ojos iban del doctor a mí, llenos de terror.
¿Qué es esto? gritó al levantarse de golpe. Yo no autoricé esto. Nadie me va a tocar. Esto es una invasión a mi privacidad.
No lo es, señora, dijo el doctor Quintana con calma, acercándose. Es un procedimiento legal que usted aceptó al reclamar la herencia. No solo voy a auscultar el corazón del bebé y hacer una ecografía rápida. No le va a doler.
No. Aléjese de mí.
Monserrat retrocedió tropezando con su silla. El pánico la había vencido. Sabía que ya no tenía escapatoria. Mis tías empezaron a cuchichear sin entender bien qué pasaba.
Hija, tranquilízate, le dijo mi tía Aurelia. Es solo una revisión. Hazlo para que Eulalia ya se calle.
Ustedes no comprenden, chilló Monserrat con voz rota de puro pánico. Me siento fatal. Hola, estoy teniendo contracciones. Debo ir al hospital ya.
Se inclinó sobre la mesa, fingiendo un dolor agudo, sujetándose el vientre con las dos manos. Fue una escena digna de telenovela, pero yo no me moví. Sabía que no había dolor, solo terror.
El doctor quiso acercarse a ayudarla.
Permítame revisarla, señora. Si está con contracciones, es riesgoso que se mueva.
Que no me toque, gritó ella y, con desesperación, empujó al médico con fuerza.
Él tambaleó hacia atrás. Monserrat vio la puerta abierta. A unos pasos estaba la salida, la libertad. Corrió.
Pero el miedo es traicionero. Sus tacones se atoraron en la alfombra gruesa de la sala. Todo pasó como en cámara lenta. Tropezó. Trató de equilibrarse moviendo los brazos sin éxito. Cayó de frente pesadamente. No alcanzó a meter las manos. Se estrelló contra el suelo con todo el cuerpo.
¡El bebé! gritó alguien con espanto.
El golpe fue seco, duro. Pero no hubo grito de dolor. Lo que sonó fue raro, como plástico contra madera. Y entonces, ante los ojos atónitos de todos, pasó lo impensable.
Con el golpe, los broches de la faja que Monserrat traía bajo la blusa se rompieron. La presión fue demasiada. Su vientre se desprendió. Una masa ovalada, color piel y textura gomosa, salió rodando bajo la blusa rasgada, deslizándose por el suelo brillante hasta chocar suavemente con la pata de la mesa.
El silencio fue absoluto. Nadie respiraba. Nadie se movía. Ahí yacía el objeto inmóvil, brillando bajo la luz fría del techo. Un vientre de silicón de uso médico, con un ombligo pintado y tiras elásticas colgando como tentáculos sin vida.
Monserrat seguía en el piso, hecha bolita, la blusa subida y el abdomen plano verdadero subiendo y bajando al ritmo de sus sollozos. Ya no había cómo esconder la verdad. Ahí estaba, grotesca y clara, tirada en el piso.
Mis parientes se tapaban la boca. Aurelia se persignó. Los abogados recogían sus papeles, incómodos.
Yo caminé despacio hacia el centro de la sala. Mis pasos retumbaban en ese silencio sepulcral. Me agaché frente a la prótesis. La miré con repulsión y tristeza profunda. La levanté. Pesaba. Tenía gel para simular el peso de una vida que jamás existió. Se sentía fría.
Caminé hasta la mesa donde Monserrat había estado exigiendo millones. Solté el vientre falso sobre la superficie de madera. El golpe fofo resonó en la sala.
Vi a Monserrat, que seguía sin levantar la cara.
Monserrat, dije. Mi voz no temblaba. No había enojo, solo juicio. Aquí tienen a su heredero.
Miré a mis familiares uno por uno, obligándolos a ver la farsa que defendieron.
Aquí está el nieto por el que me humillaron, por el que me echaron a la calle.
Monserrat lloraba contra la alfombra. Un gemido roto y miserable.
No sigas fingiendo, niña. La función se acabó. Quisiste verme la cara con un vientre de plástico, pero olvidaste algo importante. Una madre conoce la sangre de su hijo, y tú jamás tuviste ni una sola gota.
Me volví hacia el licenciado Valdivieso, que me observaba con respeto.
Licenciado, la reunión terminó. Cancele el trato y, por favor, llame a los de seguridad para que saquen a esta desconocida de mi terreno.
Mientras dos elementos se acercaban para levantar a Monserrat del piso, yo me quedé quieta, observando cómo se llevaban los restos de la farsa que casi destruye mi mundo. No sentí felicidad. Sentí tranquilidad. La calma de saber que, aunque duela, la verdad siempre acaba por salir.
En un pueblo chico las noticias corren como pólvora, pero la vergüenza lo hace aún más rápido. La caída de Monserrat fue brutal, como si una torre alta se viniera abajo por estar construida sobre cimientos podridos.
Al no contar con el certificado médico, el trato con la minera quedó cancelado. Pero eso fue apenas el arranque. Al destaparse el intento de estafa, el banco que le había prestado dinero usando la hipoteca de la casa no tardó en exigir el pago. Monserrat ya se había gastado una millonada en ropa de marca, fiestas elegantes y una vida de apariencias, confiando en que el supuesto dinero de mi nieto inventado llegaría a cubrir los huecos. Pero el dinero jamás llegó. Lo que llegaron fueron las denuncias. Lo que llegaron fueron los embargos.
En menos de treinta días, la casa valuada en cuatro millones de pesos ya tenía un letrero de se vende colgado en la reja. Perdió su coche último modelo, perdió sus tarjetas, perdió. Pero lo que más le dolió perder fue su lugar social. Aquellas amistades que brindaban con su champán en el baby shower ahora ni le respondían las llamadas.
Mis propios familiares, esos tíos y primos que me habían pisoteado para quedar bien con ella, ahora hablaban pestes en el tianguis, que si siempre supieron que era una mujer de cuidado. Mentira. Solo eran oportunistas saltando del barco que se hundía. Pero yo los dejé hablar. Su falsedad era su condena. Mentira.
El licenciado Valdivieso me puso unos documentos sobre la mesa. Teníamos todo lo necesario para mandarla al bote: falsificación, fraude en grado de tentativa, suplantación de identidad. Podía hacerla pedazos. Podía verla tras las rejas por un buen rato.
Vi los papeles y pensé en Neftalí, en el amor tan iluso que le tuvo.
No, licenciado, le dije tranquila. No habrá cárcel.
El abogado me volteó a ver con asombro.
Pero, doña Eulalia, después de lo que le hizo…
Déjela ir. Que se largue. No quiero que el nombre de mi hijo se arrastre por los pasillos judiciales. Su castigo no será estar en una celda. Su castigo será despertarse todos los días sabiendo que lo tenía todo y lo perdió por ambiciosa. La cárcel del remordimiento es más helada que la de concreto.
Monserrat dejó el pueblo un martes nublado. La vi de lejos. Cargaba solo dos maletas, igual que yo aquella noche maldita. Pero había una diferencia. Yo me fui con la frente en alto y el alma limpia, pero ella se marchaba escondida tras unos lentes oscuros, hecha pedazos y sola. Tenía juventud, era guapa, gozaba de salud. Pudo haber tenido una vida increíble si hubiera tenido tantita bondad en su corazón. Pero prefirió venderse al diablo por dinero fácil, y el diablo nunca perdona.