El lunes siguiente al ascenso salí tarde de casa y llegué a la oficina en taxi.
Entré al edificio con el estómago encogido porque sabía que varias personas ya habían visto el coche conmigo el viernes.
Al pasar por recepción, algunos compañeros me miraron raro.
Subí.
Crucé el área abierta.
Dejé mi bolso en la silla.
Entonces, mi jefe, Javier Medina, me llamó desde la puerta de su despacho.
—Mariana, ¿por qué has venido en taxi? —preguntó, frunciendo el ceño—.
¿Dónde está el coche de tu ascenso?
Abrí la boca.
Pero no me dio tiempo a responder.
Diego, que justo salía del pasillo de RR. HH., se acercó con una media sonrisa insoportable y dijo, delante de todos:
—Se lo di a mi madre.
Ella lo necesitaba más.
Hubo un silencio instantáneo.
Sentí cómo me ardían las mejillas.
Varias miradas se clavaron en mí, esperando una reacción.
Yo seguía sin entender cómo se atrevía a decirlo con tanta tranquilidad, como si hubiera decidido sobre una bufanda olvidada y no sobre algo que me pertenecía por derecho.
Javier me observó unos segundos.
Luego miró a Diego de arriba abajo.
Y preguntó, con una calma que daba más miedo que un grito:
—¿Perdón?
¿Acabas de admitir eso delante de toda la oficina?
Y en ese momento, la sonrisa de Diego desapareció por completo…
porque Javier estaba a punto de hacer algo que nadie en esa oficina había visto antes.
Parte 2 …

Diego tardó un segundo en notar que la situación se le estaba escapando de las manos.
La sonrisa apenas se le aflojó.