Pero aun así intentó sostener su tono de superioridad.
—No es para tanto, Javier.
En casa decidimos que era lo mejor.
Mi madre tenía más necesidad.
Mariana puede venir en taxi un tiempo.
Yo apreté la correa del bolso con tanta fuerza que me dolieron los dedos.
“En casa decidimos”.
Esa frase me golpeó más que todo lo demás.
Porque era mentira.
Nadie había decidido nada conmigo.
El viernes por la noche, yo había llegado agotada.
Había dejado el coche frente al edificio.
Me había duchado.
El sábado por la mañana, cuando pregunté por las llaves…
Diego me dijo con total naturalidad que había llevado el coche a casa de su madre.
“Para que lo usara mientras tanto”.
Mientras tanto.
Como si pudiera prestar mi ascenso,
mi esfuerzo,
y mi dignidad
sin consultarme.
Javier salió del despacho.
Dejó la puerta abierta.
Eso hizo que todo el departamento siguiera escuchando.
—Mariana, entra conmigo —dijo.
Yo di un paso.
Pero Diego me interrumpió.
—No hace falta dramatizar.
Esto es un tema personal.
Entonces Javier giró hacia él.
Y su voz cambió.
—No.
Dejó de ser personal en el momento en que usaste un beneficio laboral asignado a una empleada de la empresa como si fuera de tu propiedad.
Y peor todavía,
en el momento en que lo anunciaste aquí,
como si Mariana no tuviera voz.
Nadie se movía.
Hasta los teclados habían dejado de sonar.
—Quiero una explicación completa ahora mismo —continuó Javier—.