Mi madrastra llamó para decir: “¡Estás vetada de la casa familiar de la playa para siempre! ¡He cambiado todas las cerraduras!” Ella se rio. Yo respondí con calma: “Gracias por avisarme.” No tenía ni idea de que mi madre me había dejado la casa en un fideicomiso secreto antes de fallecer…

“No vuelvas a hablar de mi mamá así.”

“Tu mamá se murió hace doce años. Ya supéralo. Esa casa necesita gente viva, no fantasmas.”

Sofía sintió que algo dentro de ella se enfriaba. Marcela no sabía que cada palabra que estaba diciendo la acercaba al peor error de su vida.

“Gracias por avisarme”, respondió Sofía con una calma que ni ella misma esperaba.

Marcela se quedó callada un segundo.

“¿Eso es todo?”

“Sí. Gracias por avisarme.”

Sofía colgó.

A los pocos segundos llegó un mensaje: “Ni se te ocurra venir. La policía ya sabe que no eres bienvenida.”

Sofía tomó captura. Luego caminó al clóset del pasillo y sacó una caja de plástico donde guardaba documentos de su madre. Al fondo, envuelto en un rebozo azul, estaba un sobre manila con la letra elegante de Elena: “Documentos de la casa de Puerto Escondido”.

Sofía lo abrió con manos temblorosas. Ahí estaban las escrituras, el fideicomiso irrevocable y una carta firmada por su mamá ante notario.

“Para que nadie te arrebate lo que también es tu historia.”

Sofía respiró hondo y le mandó todo a la licenciada Jimena Salcedo, la abogada que había sido mejor amiga de Elena. La respuesta llegó en menos de un minuto:

“Sabía que algún día Marcela haría esto. No le contestes más. Mañana nos vemos en Oaxaca.”

Sofía miró la maleta vacía junto a su cama.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar.