PARTE 1
“¡Estás prohibida de entrar a la casa de playa para siempre! Ya cambié todas las chapas.”
Marcela soltó una risa corta, de esas que no buscan causar gracia, sino humillar. Sofía Ramírez se quedó parada en medio de su departamento en la colonia Del Valle, con el celular pegado al oído y la taza de café frío sobre la mesa. Afuera, la tarde de la Ciudad de México se pintaba naranja detrás de los edificios, pero ella solo escuchaba la voz triunfante de su madrastra.
“¿Perdón?”, preguntó Sofía, aunque había entendido perfectamente.
“Lo que oíste. La casa de Puerto Escondido ya no es lugar para ti. Tu papá firmó unos papeles el mes pasado y ahora esa propiedad está bajo mi control. Además, avisé a la seguridad del fraccionamiento. Si apareces, vas a quedar como una invasora.”
Sofía cerró los ojos. Esa casa no era una simple propiedad. Era el lugar donde su mamá, Elena, la había enseñado a nadar, donde hacían pescado a la talla los domingos, donde cada pared todavía guardaba el olor a sal y bugambilia. También era lo último que Marcela llevaba años intentando borrar.
“¿Y todo esto por qué?”, preguntó Sofía, aunque ya conocía la respuesta.
“Por lo que hiciste en la graduación de Valeria. La dejaste plantada para hacerte la interesante. Siempre arruinas los momentos importantes de esta familia.”
Sofía apretó el celular. La famosa fiesta de graduación de Valeria, su media hermana, había sido en la casa de playa. Ella se había enterado por Instagram, cuando ya todos estaban brindando con mezcal en la terraza. Nadie la invitó. Nadie le mandó la dirección, ni la hora, ni siquiera un mensaje.
“Marcela, yo nunca fui invitada.”
“Qué conveniente. Siempre eres la víctima, ¿verdad? Pobrecita Sofía, la hija de la santa Elena.”
El nombre de su madre sonó en boca de Marcela como una cachetada.