— No. Yo solo dejé de detenerlos.
El aire fresco de la noche en Ciudad de México entró en la casa.
Detrás de mí se escuchaban murmullos, pasos, el ruido de chamarras.
Alejandro dijo en voz baja:
— Te vas a quedar sola.
Me giré por última vez.
— No.
Saqué el teléfono.
En la pantalla había un mensaje nuevo de mi amiga del rancho.
Una foto de Diego.
Estaba cubierto de lodo hasta las rodillas, sonriendo ampliamente y abrazando a un perrito.
Debajo de la foto decía:
“Todo está bien por acá.”
Miré la imagen unos segundos.
Luego guardé el teléfono en el bolsillo y salí a la noche.
Porque por primera vez en muchos años sentía que, por fin, era libre.