— El notario vino personalmente a mi casa —respondí—. Y esta mañana todos los documentos fueron registrados oficialmente.
Su expresión empezó a tensarse.
— No habrías hecho algo así.
— Yo no lo hice —dije—. Mi padre lo hizo hace cinco años.
Doña Patricia parecía confundida.
— Eso es imposible. ¡Alejandro prácticamente manejaba la empresa!
— Alejandro solo creía que la manejaba —respondí.
Algunos invitados comenzaron a murmurar entre ellos.
Alejandro tragó saliva.
— Esto no se va a quedar así.
— Tal vez —dije con calma—. Pero hoy no es tu día.
Tomé mi abrigo del perchero.
— Por cierto… el notario también inició una auditoría financiera de la empresa.
Alejandro se quedó inmóvil.
— ¿Qué auditoría?
— Una que va a mostrar a dónde fueron a parar los fondos que desaparecieron de las cuentas.
El silencio se volvió pesado.
Fernanda miraba su teléfono como si de repente fuera lo más interesante del mundo.
— No tienes pruebas —dijo Alejandro, pero su voz ya no sonaba segura.
— Sí las tengo —respondí—. Transferencias, firmas, registros bancarios.
Doña Patricia miró a su hijo.
— Alejandro…?
Él no respondió.
Sus manos estaban tensas.
— Mi padre siempre decía algo —añadí con tranquilidad.
Alejandro me observaba en silencio.
— Las personas más peligrosas son las que creen que son más listas que todos los demás.
Nadie volvió a reír.
Algunos invitados comenzaron a recoger sus cosas lentamente.
Uno de ellos ya caminaba hacia la puerta.
Alejandro intentó recuperar su tono de seguridad.
— ¿Crees que puedes destruirme?
— No —dije.
Abrí la puerta.
— Eso lo hiciste tú solo.
Doña Patricia me miraba incrédula.
— Todo esto lo planeaste.
Sonreí levemente.