Parte 3: Roma arde lentamente
En Roma, Richard Sterling caminaba por la terraza de un hotel de lujo convencido de que había ganado.
Sarah reía demasiado fuerte a cada uno de sus chistes. Llevaba vestidos caros que él pagaba y lo tomaba del brazo como si fuera un magnate de película.
Eso alimentaba su ego.
Hasta que empezó a sonar su teléfono.
Una vez.
Luego otra.
Y otra.
Ignoró las llamadas durante la cena, pero cuando vio el nombre de su banco, frunció el ceño.
—Disculpa un momento —murmuró alejándose de la mesa.
Contestó irritado.
—¿Qué ocurre?
La voz del gerente sonaba tensa.
—Señor Sterling… varias cuentas han sido congeladas temporalmente por movimientos inusuales y revisión legal.
Richard se quedó helado.
—¿Qué demonios significa eso?
—Su esposa presentó documentación financiera esta mañana. Hay activos bajo investigación y…
—¿Mi esposa? —interrumpió furioso.
Sarah levantó la vista desde la mesa, incómoda.
Richard colgó bruscamente y llamó a casa.
Sin respuesta.
Volvió a marcar.
Nada.
Por primera vez en años, sintió miedo.
Regresó a la suite intentando aparentar normalidad.