—¿Problemas? —preguntó Sarah.
—Solo negocios.
Pero ya no sonaba seguro.
Esa noche apenas durmió.
A la mañana siguiente recibió otra llamada.
Esta vez de su club automovilístico.
—Richard… escuchamos que vendiste el Jaguar.
Sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿QUÉ?
—El coche fue transferido legalmente ayer. Pensamos que querías confirmar la entrega.
Richard casi dejó caer el teléfono.
No.
No era posible.
Ese coche estaba a su nombre.
¿O no?
Corrió hacia su portátil, revisó documentos digitales y sintió el estómago retorcerse.
Años atrás, por motivos fiscales, había puesto varios activos compartidos también bajo el nombre de Clarine.
Porque jamás imaginó que ella haría algo.
“Demasiado débil”, había dicho.
“Tu lugar está aquí”.
En ese instante comprendió algo devastador:
Clarine ya no estaba esperando su permiso para vivir.
Y él acababa de perder el control.