Mi padre me encontró con mi bebé en brazos, todavía en muletas. Furioso, preguntó: “¿Qué haces aquí afuera? ¿Y la casa que te compré?”. Le respondí: “La secretaria de mi esposo se la quedó. Ahora él vive con ella”.

“Vamos a casa, Elena”, dijo en voz baja. “Mañana por la mañana esa casa ya no será suya”. Me quedé paralizada. Una extraña sensación recorrió mi pecho. Una mezcla de alivio, miedo y confusión.

“Papá, ¿qué quieres decir? ¿Qué expediente era ese?”. Me miró. Aquellos ojos siempre cálidos se habían convertido en algo que nunca había visto en mi vida. “Has aguantado demasiado tiempo”, dijo. Su voz era suave pero firme. “Ahora deja que sea yo quien hable en el idioma que ellos entienden”.

La llovizna cesó de repente. O quizás yo ya no la sentía porque mi pecho estaba lleno de una maraña de emociones. No sabía qué acababa de poner en marcha mi padre esa noche. No sabía por qué su voz sonaba como la de alguien que aprieta un botón que cambiará la vida de muchas personas. Por la forma en que mi padre miraba hacia esa casa, mi casa, la que me habían arrebatado, quizás Diego y Silvia acababan de tocar algo que no deberían haber tocado.

Y por alguna razón empecé a tener miedo de lo que vendría después, no por mí, sino por ellos, porque esa noche, con esa llamada tan breve, creo que mi padre acababa de iniciar algo que ya no se podía detener.

Estaba sentada en el salón de la casita a la que mi padre me había llevado. El olor a madera húmeda y el sonido de las gotas de agua cayendo del canalón hacían que el ambiente se sintiera más silencioso de lo habitual. Mi bebé dormía en brazos de mi padre mientras yo intentaba calmar mi respiración, tratando de entender qué estaba pasando realmente, qué había puesto en marcha mi padre. Pero antes de que pudiera preguntar, mi mente retrocedió al tiempo en que todo esto aún no se había desmoronado.

Cuando todavía creía que esa casa era el comienzo de la vida que construiría con Diego, aún recuerdo el día en que vimos por primera vez el folleto de la casa: un pequeño chalé en la esquina de la urbanización, no lujoso, pero acogedor. “Me gusta este”, dije, señalando el pequeño jardín trasero. “Podría trabajar desde casa, montar un pequeño estudio”. Diego sonrió. Entonces, apretando mi mano, dijo: “Sí, esta casa es perfecta para nosotros. Pero ¿nos llegará el dinero?”.

Ese “nosotros” me hizo sentir segura. Me hizo olvidar que casi todos los planes se financiaban con mis propios ahorros, el resultado de años de horas extras como diseñadora de interiores y una ayuda adicional que mi padre me transfirió en secreto, sin alardear nunca de ello. En aquel momento, mi padre me dijo por teléfono: “Elena, si necesitas un poco más, solo dímelo. No te fuerces”.