La mañana del viernes, esperé a que Rubén regresara de dejar unos documentos en la oficina. Doña Gloria estaba en la cocina, revisando las verduras como si fueran joyas.
—Estas calabacitas están feas —dijo—. Seguro son de las que compra tu gente.
Respiré hondo.
Fui por mi hijo, lo senté en su sillita y puse la carpeta azul sobre la mesa.
Doña Gloria frunció el ceño.
—¿Y ahora qué drama traes?
—Ningún drama —respondí—. Solo la verdad.
Se rio.
—Ay, Elena, las muchachas como tú siempre creen que llorando ganan.
Abrí la carpeta.
Saqué la escritura de la casa y la puse frente a ella.
—Lea el nombre.
No quiso tocarla al principio. Luego la jaló con molestia. Sus ojos pasaron por las hojas hasta detenerse en una línea. Su cara cambió.
La propietaria era yo.
Elena Morales Hernández.
No Rubén.
No ella.
Yo.
—Esto no puede ser —murmuró.
—Sí puede —dije—. El enganche salió de la parcela que mis papás vendieron. Esa parcela que usted llama “tierra de rancho”. Rubén estaba endeudado y no podía poner nada a su nombre. Por eso la casa quedó a mi nombre.
Doña Gloria se puso pálida.
En ese momento Rubén entró.
Vio los papeles, vio a su mamá, me vio a mí. Supo de inmediato lo que estaba ocurriendo.
—Elena… —dijo, casi suplicando.
—No —lo interrumpí—. Hoy no vas a pedirme que aguante.
Doña Gloria golpeó la mesa.
—¡Rubén, dile que esta casa es nuestra!
Él abrió la boca, pero no salió nada.
Otra vez el silencio.
Solo que esta vez ya no me dolió igual. Esta vez me dio claridad.