Me miró con odio y dijo:
—Tú no sabes con quién te estás metiendo, Mariana. Hay cosas de tu empresa que todavía no han salido a la luz.
Alejandro se quedó helado.
Y yo entendí que aún faltaba descubrir lo peor.
PARTE 3
Esa noche no dormí.
No por miedo a Teresa, sino por la cara de Alejandro cuando ella habló de “cosas que todavía no habían salido a la luz”. Su expresión no fue sorpresa. Fue pánico.
A la mañana siguiente ordené una auditoría urgente.
Tres días después, mi director financiero entró a mi oficina con una carpeta roja.
—Mariana, necesitas ver esto.
Lo que encontramos fue más bajo de lo que imaginé.
Alejandro no solo había compartido información confidencial con su madre. También llevaba meses negociando en secreto con una empresa competidora de Monterrey. Les había pasado datos de rutas, márgenes, clientes, costos y zonas de expansión.
No para vender formalmente Ruta Norte Logística.
Para preparar su salida con un puesto mejor, presentándose como “el hombre que realmente manejaba todo”.
Y Teresa lo sabía.
Peor todavía: en comidas familiares había presumido que pronto Alejandro “se quedaría con lo suyo” o, al menos, me dejaría “sin control”.
La ropa rota no había sido un arranque.
Había sido el primer acto de una humillación que llevaban meses imaginando.
Cuando Valeria presentó las pruebas, el abogado de Alejandro dejó de amenazar y empezó a pedir acuerdos. El consejo directivo aprobó acciones legales internas. Yo no hice escándalo. No lo necesitaba. Los documentos hablaban más fuerte que cualquier grito.
Dos semanas después acepté ver a Alejandro en un café de la Roma.
Llegó sin reloj caro, sin camioneta, sin esa sonrisa de hombre acostumbrado a que siempre lo perdonen.
—Mi mamá me metió muchas ideas en la cabeza —murmuró.
—Tu mamá rompió mi ropa —le respondí—. Tú rompiste mi confianza.
Se pasó las manos por la cara.
—Pensé que tú siempre ibas a arreglar todo.
Esa fue la confesión más honesta que me había dado en años.
No me veía como su compañera.
Me veía como su red de seguridad.
Y cuando su madre me pisoteó en mi propia cocina, él decidió no defenderme porque defenderme significaba perder comodidad.
—¿Podrías darme una recomendación? —preguntó, con la voz rota—. Nadie quiere contratarme con esto encima.
Lo miré largo rato.
Recordé mis vestidos rotos, mis noches trabajando mientras él presumía logros que no eran suyos, la voz de Teresa diciendo que todo lo que yo tenía le pertenecía a su hijo.
—No, Alejandro.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Eso es todo?
—Sí. Eso es todo.