El divorcio quedó firmado antes de que terminara el verano.
Alejandro consiguió un puesto menor en una bodega de distribución en Toluca. Teresa tuvo que dejar el departamento que él pagaba con dinero de la empresa y mudarse con una hermana en Naucalpan. Sus amigas, esas a las que les decía que yo era una mantenida, terminaron enterándose de la verdad.
Yo conservé mi casa, mi empresa y mi paz.
Contraté a una nueva directora regional, Sofía Rangel, que en un mes corrigió errores que Alejandro había ocultado durante medio año. Los números subieron. La oficina respiró mejor.
Yo también.
La última vez que vi a Teresa fue afuera del juzgado. Llevaba la misma bolsa cara de siempre, pero ya no caminaba igual. Me miró como si quisiera insultarme. Luego vio a Valeria, vio la carpeta en mis manos y cerró la boca.
Yo no dije nada.
Hay victorias que no necesitan gritos.
A veces la justicia suena como una chapa nueva, una tarjeta que deja de funcionar y una mujer que por fin entiende que no tiene que pedir perdón por ser dueña de su propia vida.