PARTE 1
“Ciérrale con las dos chapas y que para sola”, dijo mi suegra, mirando mi panza de treinta y ocho semanas como si fuera un estorbo.
Esa frase no se me va a borrar nunca.
Eran las seis y media de la mañana en nuestra casa de Querétaro. La sala olía a café recién hecho, perfume caro y piel nueva de maletas. En la entrada estaban alineadas tres maletas enormes, listas para el viaje a Miami que mi esposo Luis, mi cuñada Fernanda y mi suegra Beatriz llevaban meses presumiendo.
Yo estaba a punto de dar a luz.
Mis pies parecían globos. Me dolía la espalda desde la madrugada y sentía una presión rara, profunda, que no se parecía a las molestias normales del embarazo. Pero ellos estaban más preocupados por no perder el vuelo que por verme sudando, pálida, agarrada al respaldo del sillón.
“Luis… creo que ya empezó”, dije, intentando respirar.
Él ni siquiera levantó la vista del celular.
“Mariana, por favor”, respondió mi suegra, acomodándose unos lentes oscuros enormes. “Llevas dos semanas diciendo lo mismo. Ya no sabemos cuándo creerte.”
Fernanda soltó una risita mientras revisaba su bolsa nueva, una de esas carísimas que yo jamás me hubiera comprado.
Y entonces llegó la contracción.
Me doblé del dolor. No fue un cólico. No fue una falsa alarma. Fue como si algo dentro de mí se partiera en dos. Caí de rodillas sobre el piso frío de mármol y grité.
“¡Luis! ¡Llama a una ambulancia!”
Él se quedó quieto. Me miró apenas unos segundos. Después volteó hacia su mamá.
Ese gesto me rompió más que el dolor.
Beatriz suspiró, molesta.
“No vamos a cancelar un viaje de ciento veinte mil pesos porque a Mariana se le ocurrió hacer drama hoy.”
Ciento veinte mil pesos.
Y lo peor era que ese viaje se había pagado con mi tarjeta.
Meses antes, Luis me había dicho que necesitaba usarla “solo para apartar el hotel” y que luego me lo pagaba. Nunca lo hizo. Yo estaba embarazada, cansada, vulnerable, y preferí no pelear.
Entonces sentí cómo se me rompía la fuente.
El líquido bajó por mis piernas y se extendió sobre el piso. Fernanda dejó de reír. Luis abrió la boca, pero no dijo nada.
“Por favor”, supliqué. “No me dejen.”
Beatriz tomó su maleta.
“Vámonos. Si la seguimos escuchando, perdemos el vuelo.”
La puerta se abrió.