Mi suegra rompió mi vestido en mi propia cocina y gritó “todo es de mi hijo”, pero al día siguiente cambié la chapa, bloqueé las tarjetas y descubrí la traición que él escondía detrás de su silencio cómplice y cobarde

PARTE 3
El silencio después de esa frase me dejó helada.
Graciela sonrió apenas, como quien acaba de lanzar una bomba y disfruta ver cómo todos contienen el aire.
Mauricio levantó la cabeza de golpe.
—Mamá, ya cállate.
Pero ya era tarde.
Fernanda dio un paso al frente.
—¿Qué secretos?
Graciela cruzó los brazos.
—Pregúntale a tu socio consentido. A ese tal Rodrigo. El que siempre te dice que eres brillante mientras te roba por atrás.
Sentí un golpe seco en el pecho.
Rodrigo Mena llevaba conmigo desde los primeros años de Camino Real Distribuciones. Había sido mi amigo antes de convertirse en socio minoritario. Era quien manejaba expansión y logística nacional. El hombre que me acompañó cuando no teníamos dinero ni para pagar gasolina.
—Está mintiendo —dijo Mauricio demasiado rápido.
Pero Graciela ya no podía detenerse.
—Claro que no. Tú mismo viste las transferencias. Tú mismo dijiste que tarde o temprano Lucía iba a darse cuenta.
Volteé hacia Mauricio.
Y por primera vez en mucho tiempo, vi miedo real en su cara.
No el miedo de perder dinero.
El miedo de haber perdido el control.
Esa misma noche Fernanda llamó al auditor externo de la empresa.
A las nueve estábamos revisando movimientos bancarios, contratos y autorizaciones internas. Al principio parecían errores pequeños: pagos duplicados, proveedores inflados, fletes inexistentes.
Luego apareció el patrón.
Durante casi un año, una empresa fantasma llamada Logística del Bajío había recibido depósitos constantes de Camino Real Distribuciones.
Más de 14 millones de pesos.
El representante legal era un prestanombres.
Pero los correos internos vinculaban las autorizaciones directamente con Rodrigo.
Y Mauricio lo sabía.