Esa frase me rompía. Porque los hombres crueles casi siempre saben ser dulces en privado, justo lo suficiente para que una mujer dude de su propio dolor.
Después de la boda, Adrián dejó de trabajar. Primero dijo que estaba buscando algo “a su altura”. Luego que no quería aceptar cualquier puesto. Después simplemente dejó de intentarlo.
Lucía pagaba la renta, la comida, el coche, las salidas y hasta los regalos caros que él llevaba a su madre para seguir pareciendo exitoso.
Yo sabía más de lo que Lucía imaginaba.
Esa noche, doña Mireya organizó una comida familiar por el cumpleaños de Adrián. Mi hija me pidió que la acompañara.
—No quiero estar sola ahí, mamá.
Fui por ella.
La mesa estaba llena de primos, tíos, botellas caras y sonrisas falsas. A Lucía la sentaron junto a la cocina, lejos de Adrián, como si fuera una invitada incómoda. Nadie le preguntó por su trabajo.
Nadie celebró que ella acababa de ganar una licitación importante. En cambio, hablaron durante media hora de un supuesto negocio que Adrián “estaba por cerrar”.
Cuando un primo preguntó de dónde salía el dinero si Adrián no trabajaba, él se tensó. Miró a Lucía con desprecio, bebió tequila y soltó la frase que partió la noche:
—Sí, ella paga cosas. ¿Y qué? Para algo tenía que servir. Me casé con ella por lástima, porque ninguna mujer con ese cuerpo encuentra marido fácil.
Las risas llenaron el comedor.
Lucía bajó la cabeza.
Yo dejé mi copa sobre la mesa y me puse de pie.
—Adrián, antes de seguir burlándote de mi hija, tal vez deberías contarles dónde trabajas realmente.
Él palideció.
Y entonces todos entendieron que lo peor apenas iba a empezar…
PARTE 2
Adrián se levantó tan rápido que la silla raspó el piso.
—No te atrevas, Teresa.
Doña Mireya frunció la boca.
—En mi casa nadie viene a hacer escándalos.
La miré sin levantar la voz.
—El escándalo empezó cuando su hijo humilló a mi hija y ustedes se rieron.
Lucía me miró confundida. No sabía de qué estaba hablando. Eso me dolió más que las risas, porque significaba que todavía había secretos que ella había preferido no ver.
Don Ramiro dejó el tenedor.
—¿Qué quiere decir con dónde trabaja?
Adrián intentó reír.
—Nada, papá. Esta señora está ardida porque Lucía ya no depende de ella.
Saqué una carpeta de mi bolsa. La había llevado sin saber si tendría valor para usarla, pero una madre no va a una guerra sin pruebas. La puse sobre la mesa, frente a don Ramiro.