La tormenta golpeaba con furia los cristales blindados del coche, difuminando las luces de la ciudad en manchas grises y plateadas. Marcus Halloway, un hombre cuyo nombre aparecía regularmente en las portadas de las revistas de negocios más prestigiosas, observaba el paisaje lluvioso sin verlo realmente. Acababa de cerrar la fusión más importante de su carrera en Tokio, un acuerdo que garantizaba el legado de su empresa familiar por tres generaciones más. Debería estar celebrando con champán en un ático de Roppongi, rodeado de socios y aplausos.
Sin embargo, una sensación opresiva se había instalado en su pecho nada más firmar los documentos. No era ansiedad por el trabajo; era algo más primitivo, un nudo en el estómago que le gritaba una sola palabra: Vuelve.
Había adelantado su vuelo veinticuatro horas, sin avisar a nadie. Quería sorprenderlos. En su mente, visualizaba la escena perfecta: entraría por la puerta grande de su mansión en Maple Crest Lane, Verónica, su esposa desde hacía apenas ocho meses, bajaría las escaleras con esa elegancia ensayada que tanto le había cautivado, y sus hijos, Lily y el pequeño Noah, correrían a abrazarlo.
Verónica había llegado a su vida como un bálsamo dos años después de que Marcus enviudara. Era sofisticada, paciente y, aparentemente, devota. Marcus, consumido por el dolor de perder a la madre de sus hijos y abrumado por la responsabilidad de dirigir un imperio financiero, había visto en Verónica la pieza que faltaba para reconstruir su familia rota. Se convenció a sí mismo de que sus largas ausencias por trabajo eran justificables porque los niños estaban “en buenas manos”.
El coche se detuvo suavemente frente a la imponente fachada de piedra. La casa estaba extrañamente oscura. A las siete de la tarde, la mansión Halloway solía ser un faro de luz cálida; era la hora del baño, de la cena, del caos controlado que supone tener niños pequeños. Pero hoy, las ventanas parecían ojos vacíos y negros.
—¿Desea que baje el equipaje, señor Halloway? —preguntó el chófer, rompiendo el silencio.
—No, espera aquí un momento, Arthur. Quiero entrar en silencio —respondió Marcus, bajando del vehículo bajo la llovizna fría.