—¡Marcus! —exclamó, con la voz subiendo una octava por los nervios—. ¡Cielo! ¡Llegaste… llegaste antes! ¡Qué maravilla!
Marcus no la miró. Sus ojos estaban fijos en sus hijos. Entró en la cocina, ignorando a su esposa como si fuera un mueble, y se arrodilló frente a Lily. La niña, al ver el movimiento brusco, se encogió instintivamente, cubriéndose la cabeza con las manos.
Ese gesto fue una daga en el alma de Marcus. Su propia hija le tenía miedo.
—Lily… —susurró, con la voz quebrada por las lágrimas que luchaba por contener—. Soy yo. Soy papá.
La niña bajó las manos lentamente. Sus ojos grandes y oscuros lo escanearon con duda, como si fuera un espejismo. —¿Papá? —preguntó con un hilo de voz—. ¿De verdad eres tú?
—Soy yo, mi amor. Soy yo.
Lily rompió a llorar, un llanto desgarrador que había estado conteniendo durante semanas. Se lanzó a sus brazos, enterrando la cara en su cuello. Marcus la rodeó con fuerza, sintiendo lo delgada que estaba, sintiendo cómo temblaba. Con el otro brazo, recogió a Noah del suelo, apretándolo contra su pecho. El olor a leche agria y lágrimas infantiles llenó su nariz, y juró en ese instante que mataría a cualquiera que volviera a tocarlos.
—Marcus, por favor, déjame explicarte —empezó Verónica, acercándose con cautela—. Estás malinterpretando la situación. Los niños estaban descontrolados. Noah tiró la cena a propósito, y Lily me contestó mal. Solo estaba intentando disciplinarlos… Tú no estás nunca, no sabes lo difícil que es educarlos sola.
Marcus se puso de pie, con sus hijos en brazos. Se giró hacia ella. Su mirada era tan fría que Verónica retrocedió hasta chocar con la isla de la cocina.
—¿Disciplinar? —preguntó Marcus en voz baja—. ¿Llamas disciplinar a aterrorizar a un bebé? ¿Llamas disciplinar a dejar marcas en la piel de mi hija?
—¡Esas marcas se las hizo jugando! —mintió ella rápidamente—. ¡Son torpes! Marcus, soy tu esposa. Te amo. Lo hago por su bien.
—Se acabó —dijo él. Su tono no admitía réplica—. Quiero que salgas de esta casa. Ahora.
El rostro de Verónica cambió. La dulzura fingida desapareció, reemplazada por la frialdad calculadora que había mostrado segundos antes con los niños. —No puedes echarme. Tenemos un acuerdo prenupcial. Si me echas, te quitaré la mitad de todo. Diré que eres un padre ausente. Diré que tú me pegaste a mí. ¿Quién crees que va a creerte? Eres el hombre que nunca está en casa.
Marcus avanzó un paso. —Inténtalo. Hazlo. Llama a tus abogados. Llama a la prensa. Pero antes, recuerda que instalé un sistema de seguridad interno de última generación hace un mes. Hay cámaras y micrófonos en cada habitación de esta casa, incluyendo esta cocina. Todo lo que has hecho, cada grito, cada amenaza, y probablemente cada golpe que les has dado mientras yo no estaba, está grabado en alta definición en la nube.
El color drenó del rostro de Verónica tan rápido que parecía un cadáver.
—Tienes diez minutos —continuó Marcus, implacable—. Si en diez minutos sigues en mi propiedad, llamaré a la policía y entregaré las grabaciones. Te aseguro que con mis recursos, me encargaré de que pases el resto de tu juventud en una celda por abuso infantil. No me pongas a prueba, Verónica. Hoy no soy el empresario. Hoy soy un padre.
Verónica no dijo una palabra más. El miedo a la cárcel pudo más que su codicia. Salió corriendo de la cocina, y minutos después, Marcus escuchó el motor de su coche alejándose a toda velocidad bajo la lluvia.