Marcus la empujó con fuerza, riendo. Se detuvo un momento a recuperar el aliento y miró la escena. Había perdido algunos millones en ese año al no estar al frente de la empresa día a día. Había perdido “estatus” en los círculos sociales. Pero mientras veía a su hija reír con la cabeza echada hacia atrás, libre de miedo, libre de dolor, Marcus supo que era el hombre más rico del mundo.
Había estado a punto de perderlo todo por perseguir sombras de éxito. Pero la vida le había dado una segunda oportunidad en esa cocina lluviosa. Y esta vez, Marcus Halloway no iba a fallar. Porque al final del día, ningún legado empresarial vale más que el abrazo seguro de un hijo que sabe que su padre siempre volverá a casa.
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