Parte 2 :
Javier entró sonriendo, con Paola detrás, y se quedó helado. En medio de la sala estaba yo, junto a dos policías, con la copia de la denuncia sobre la mesa y mi anillo de boda encima.
Paola fue la primera en hablar, pero no por sorpresa, sino por rabia.
—¿Llamaste a la policía por una tontería de pareja?
Uno de los agentes la frenó con una mirada.
—Señora, modere el tono.
Javier me observó la cara vendada, el cuello enrojecido y las cajas apiladas junto a la entrada. Durante unos segundos pareció no reconocer la escena. Estaba acostumbrado a que yo llorara, cediera y luego limpiara el desastre, no a encontrarme firme, callada y acompañada.
—Mariana, bájale a esto ahora mismo —dijo—. Estás haciendo el ridículo.
Saqué del bolso el reporte médico de urgencias y se lo tendí a uno de los policías, no a él.
—No voy a hablar sin testigos.
Aquello lo alteró de verdad.
—¿Testigos? ¿Ahora soy un delincuente porque se me fue una taza de la mano?