El amanecer llegó despacio al muelle de Ensenada, cubierto por una neblina clara que borraba la frontera entre el mar y el cielo. El paseo de madera estaba desierto: sin turistas, sin vendedores, sin risas. Solo el crujido húmedo de las tablas y el grito lejano de una gaviota que parecía perdida en la bruma.
“Ya estás a salvo.”
El perro soltó el aire despacio y cerró los ojos por un instante, como si esas palabras fueran una llave que encajaba en un lugar antiguo.
Entonces, el silencio se rompió.
Las sirenas atravesaron la niebla. Primero una, luego otra. Resonaron pasos firmes sobre la madera. Se escucharon radios chisporroteando y voces cortando el aire con órdenes.