Parte 2 No digas nada todavía… —susurró Richard—. Esto puede salvarnos.....

La piedra que parece pared no lo es.

Jacinta no tenía a quién acudir. Su madre había muerto el año anterior. Su hermana se fue con un ferrocarrilero a Guadalajara y nunca escribió. Bordar ya no alcanzaba ni para renta ni para frijoles.

Tenía treinta y dos pesos. Una barriga de siete meses. Una carta de una muerta que todos llamaban loca.

Y miedo.

Tomó un camión de carga rumbo a Roca Verde. No iba sentada, iba acomodada entre costales de maíz y cajas de gallinas, tragando polvo. El chofer, un hombre con cicatriz en el cuello, la vio bajar al pie del cerro y soltó:

—No sube nadie vivo sola hasta allá, señora.

Jacinta no contestó. Ya no tenía respuestas para hombres que anunciaban desgracias.

El camino era piedra y sol. Contó pasos para no pensar en la sed ni en el dolor de espalda.

A los trescientos encontró la primera marca: una piedra plana, colocada adrede, demasiado recta para ser natural. Luego otra. Y otra. Las siguió como quien sigue una corazonada.

Cuando vio el terreno, no sintió decepción.

Sintió reconocimiento.

Era exactamente lo que le había dejado la vida: una parcela inclinada, ruinas de adobe, vigas podridas, hierba seca y rocas enormes como animales dormidos. Nada.

Y sin embargo, había algo más.

Una roca grande en el límite del terreno, demasiado lisa, con hendiduras verticales que parecían marcas de herramienta. Jacinta se acercó, la tocó. Estaba fría pese al sol. Apoyó el oído y escuchó un soplo leve, rítmico.

Empujó.

Nada.

Empujó otra vez, cuidando la barriga. Los nudillos le ardieron. El polvo se le metió en la boca. El bebé pateó fuerte.

Entonces la piedra cedió.

Un centímetro. Dos.

Y el aire de adentro salió a su encuentro con olor a tierra seca, madera vieja… y algo dulce, como cempasúchil guardado demasiado tiempo.

Jacinta se metió de lado, abrazándose el vientre. Encendió la vela que traía en el bolsillo. La llama tembló, pero aguantó.

Lo primero que vio fue el piso nivelado. Alguien lo había compactado. Alguien había vivido ahí.

Lo segundo fue una caja de madera empotrada en la roca, como un armario rústico con un gancho oxidado.

Tardó un rato en abrirlo. Cuando lo hizo, las piernas se le doblaron.

Adentro había una cuna.