Parte 2 No digas nada todavía… —susurró Richard—. Esto puede salvarnos.....

Pequeña, de madera oscura, tallada a mano, con barrotes gastados y un colchón de lana amarillento pero entero. Sobre el colchón, un gorrito de bebé tejido a mano, gris por el polvo, intacto.

Al lado, una caja de metal.

Dentro, más de cincuenta cartas atadas con cordel y fotografías antiguas. En una de ellas, una mujer joven de rasgos parecidos a los de Jacinta, sentada sobre la misma roca exterior, con una mano en la barriga redonda.

Jacinta bajó la vista a su vientre y sintió que el aire se le iba del cuerpo.

Abrió la primera carta.

Para la que venga después. Para quien llegue cuando ya no tenga a nadie.

Leyó en voz baja, y el eco la hizo sentir acompañada.

No tengas miedo de la soledad. El cerro no abandona. Solo espera que aprendas su lengua.

Pasó la noche en la gruta, junto a la cuna, con la vela apagada para ahorrar. Durmió por primera vez en meses sin despertarse con sobresalto.

Al amanecer, encontró una cobija tejida en la entrada. Y un plato con tortillas tibias y queso envuelto en hoja de maíz.

Salió de golpe.

No había nadie.

Solo viento, piedra y el valle despierto.

Comió con las manos temblando, no de miedo, sino de una emoción más antigua: la sensación imposible de que alguien la esperaba en ese lugar desde antes de conocer su nombre.

En los días siguientes, la gruta se volvió casa. Seguía las piedras planas hasta un ojo de agua al norte, llenaba cántaros, encendía un fuego pequeño lejos de la entrada, dormía junto a la cuna y leía cartas.

Las cartas no hablaban de magia. Hablaban de preparación.

Perdí otro bebé. El tercero. El médico dice que no intente más. Pero sé que viene uno, no para mí, para la que siga.

Hice este lugar para quien necesite esconderse y no volverse piedra por dentro.

No cuentes todo lo que encuentres. Algunos tesoros solo viven en silencio.