PARTE 2 —¿Quién les dio permiso de tocar las cosas de mi hija?……

—¿Te obligaron a empacar? Sofía asintió sin mirarlo. La mandíbula de Daniel se endureció. —Mamá, esto se termina aquí. —No, hijo —lo interrumpió ella—. Lo que se termina es que tu esposa te manipule. Esta casa es tuya. Tú trabajas. Tú eres el hombre de la familia. Si quieres darle un techo a tu hermana, Fernanda no tiene por qué meterse. Yo sentí que todos los años de desprecios se juntaban en un solo golpe: las veces que Doña Laura insinuó que yo “había tenido suerte” al casarme con Daniel, las comidas donde me corregía delante de todos, las ocasiones en que decía que una mujer decente no debía ganar más que su marido. Daniel respiró hondo. —¿Con qué llave entraron? Desde el pasillo apareció Don Rogelio, mi suegro, cargando una caja con libros de Sofía. Tenía la cara roja. —Tu mamá dijo que era urgente. Usamos la copia que nos dejaste cuando se descompuso la chapa hace años. —Esa llave era para emergencias reales —dijo Daniel—. No para venir a despojar a mi hija. Doña Laura dio un paso hacia él. —No uses esa palabra. Aquí nadie está robando nada. Solo estamos acomodando a la familia en una propiedad que algún día también será de tu sangre. Daniel soltó una risa sin alegría. —Justamente ese es el problema. Llegaron creyendo que podían decidir sobre algo que no les pertenece. Claudia frunció el ceño. —¿De qué estás hablando? Daniel sacó de su portafolio una carpeta azul. Y antes de abrirla, dijo una frase que le borró la soberbia a su madre de la cara…