PARTE 2 —¿Quién les dio permiso de tocar las cosas de mi hija?……

PARTE 3
Este departamento no está a mi nombre. Doña Laura parpadeó varias veces, como si no hubiera entendido el idioma. —No digas tonterías, Daniel. Tú siempre dijiste que compraste este lugar cuando te dieron el ascenso. —Dije que nos mudamos cuando me dieron el ascenso. Nunca dije que yo lo compré. Daniel abrió la carpeta y puso los documentos sobre la mesa. Las escrituras, los recibos del predial, los pagos del crédito liquidado, todo llevaba mi nombre: Fernanda Ríos Valdez. —Fernanda compró este departamento antes de casarnos —continuó—. Lo pagó con años de trabajo y con el dinero que le dejó su papá cuando murió. Yo vivo aquí porque ella quiso construir una familia conmigo. No porque ustedes tengan derecho a entrar. Claudia se quedó inmóvil. Don Rogelio bajó la caja al piso lentamente. Doña Laura me miró como si por primera vez me viera completa, no como la nuera incómoda, sino como la dueña de la casa que había intentado repartir. —Entonces —dije, tomando mi celular—, entraron sin permiso a mi propiedad, usando una llave que no debían tener, para sacar las pertenencias de una menor y asustarla hasta encerrarla en un baño. —No exageres —murmuró Doña Laura, pero su voz ya no tenía fuerza. —Voy a llamar a seguridad y a la policía. Claudia empezó a llorar. —¿De verdad nos vas a hacer esto? Estoy embarazada. —No —respondí—. Ustedes se lo hicieron a mi hija. Cuando llegaron los elementos de seguridad del edificio y después una patrulla municipal, Doña Laura intentó cambiar la historia. Dijo que todo era un malentendido, que solo quería ayudar, que Sofía era muy sensible, que en las familias mexicanas “las cosas se arreglan hablando”. Pero Sofía habló también. Con voz temblorosa contó que su abuela le dijo que ya no merecía su cuarto, que debía aprender a sacrificarse y que su mamá no mandaba en esa casa.