Lucía tardó cinco días en darse cuenta. Su primer mensaje decía: “Oye, ¿pasó algo con la transferencia?” No preguntó cómo estaba. No preguntó si podía hablar. Sólo buscaba su dinero. No respondí. Dos días después escribió: “Me están cobrando recargos. Revisa con tu banco.” Tampoco respondí. Esa noche comenzaron las llamadas. Primero ella. Luego mi mamá. Después mi papá. Dejé que todas se fueran a buzón. El primer audio de Lucía fue una tormenta de reproches. Decía que dependía de ese dinero, que yo la estaba saboteando, que estaba a punto de cerrar un proyecto enorme y que justo ahora no podía fallarle. “Es como si quisieras verme fracasar”, gritó. Borré el audio. A mediados de mes, sus redes sociales se llenaron de frases sobre “familia falsa” y “personas que te abandonan cuando estás por brillar”. Mi mamá me llamó furiosa. —Tu hermana está destrozada, Mariana. ¿Cómo puedes ser tan cruel? —Estoy recuperándome de una cirugía —respondí—. ¿Ella te contó eso? —Sí, pero ya estás en tu casa, ¿no? Pensamos que era sólo una muela. —Escribí “cirugía de emergencia” y “tengo miedo”. ¿Qué más necesitaban? Mi mamá suspiró como si yo fuera una niña difícil. —Ya teníamos planes. Tu papá había prendido el asador. Lucía por fin estaba tranquila. No podemos dejar todo cada vez que tienes una crisis. Antes esas palabras me habrían destruido. Esa vez sólo me cansaron.
PARTE 2 Shf Esa noche dormí a ratos, entre el dolor, los medicamentos y el pitido constante……