Parte 2…Porque la mujer que salió a abrir la puerta… no parecía alguien que hubiera estado esperando mi dinero durante cinco años.

Llevaba un vestido de lino color marfil que se veía nuevo, el cabello recién teñido de un castaño brillante y unas sandalias doradas con tacón bajo que no eran precisamente de tienda barata. En sus manos, antes nudosas y temblorosas en mi recuerdo, relucían dos anillos. Detrás de ella, por la puerta entreabierta, alcancé a ver una sala distinta a la que recordaba: muebles nuevos, una televisión enorme colgada en la pared, una lámpara moderna y el reflejo claro de una cocina remodelada.

Doña Clara se quedó inmóvil al verme.

El color se le fue del rostro.

—Roberto… —susurró, y en su voz no escuché alegría ni alivio. Escuché miedo.

Yo también me quedé helada.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló. Solo se oyó el crujido de una mecedora en el interior y, a lo lejos, el rumor del mar golpeando las piedras.

—Vine porque el banco me mandó una carta —dije al fin, levantando un poco la bolsa con los chocolates, el café y las conservas que había comprado para ella—. No pude localizarla. Me preocupé.

Ella miró la bolsa. Luego me miró a mí. Después, como si se hubiera acordado demasiado tarde de su papel, forzó una sonrisa débil.

—Ay, hija… qué sorpresa. Hubieras avisado.

Hija.

Hacía mucho que no me llamaba así.

Yo intenté sonreír, pero algo en mi pecho ya se estaba endureciendo.

—¿Puedo pasar?

Vaciló apenas un instante. Un instante mínimo. Pero suficiente.

—Sí, claro. Pasa.

Entré.

El olor de la casa no era el de una anciana enferma. No olía a medicina ni a humedad ni a sopa recalentada. Olía a perfume caro, a cera para muebles, a café recién hecho. En una esquina había una maleta de hombre. Encima de un sillón, una chamarra masculina. Y sobre la mesa de centro, un reloj de acero que me hizo detener la respiración.