Esa tarde, el tráfico en el Periférico de la Ciudad de México estaba insoportable. Alejandro, un magnate de bienes raíces, iba en el asiento trasero de su camioneta blindada, revisando contratos en su tableta, cuando el teléfono vibró. Era su asistente.
— “Patrón, la junta con los inversionistas de Monterrey se canceló. No hay fecha nueva.”
Silencio. Alejandro parpadeó, sorprendido. Eso nunca pasaba. Sin embargo, en lugar de frustración, sintió un extraño alivio. Llevaba semanas sin cenar en casa. El trabajo había devorado sus días, dejándolo exhausto y distante. Pensó en Mateo, su hijo de 5 años. Un niño observador, callado, que últimamente había estado lidiando con fiebres inexplicables.
Alejandro tomó su celular y le envió un mensaje a su prometida, Valeria:
— “Hoy llegaré muy tarde, no me esperen.”
Era una mentira inofensiva. Quería llegar de sorpresa, abrazar a su hijo y cenar en familia. Cuando la camioneta cruzó los inmensos portones de hierro de su mansión en las Lomas de Chapultepec, el aire se sentía extrañamente pesado. La casa estaba iluminada, pero reinaba un silencio sepulcral. Ni el eco de la televisión, ni las risas de Mateo. Nada.
Entró por la puerta lateral de servicio, aflojándose la corbata. Sus pasos sobre el mármol no hacían ruido. Al llegar al pasillo principal, una mano áspera lo tomó del brazo con una fuerza inesperada y otra le tapó la boca. Antes de que pudiera reaccionar o defenderse, fue arrastrado hacia la oscuridad de un enorme clóset de blancos.
Olió a cedro y a lavanda. Era el aroma inconfundible de Doña Carmen, la nana que había cuidado de Mateo desde que nació, y que trabajaba para la familia desde hacía 20 años.
— “Don Alejandro… por lo que más quiera, no haga ningún ruido”, susurró ella. Su voz temblaba, pero sus ojos brillaban en la oscuridad con una determinación feroz. — “Si ellos lo escuchan… se acabó todo.”
¿Ellos? La palabra retumbó en la mente de Alejandro. Dejó de forcejear. Y entonces, a través de la rendija de la puerta, los escuchó.
Eran voces en la sala principal. La primera era de Valeria. Sonaba dulce, pero con un matiz venenoso y seductor que él jamás había escuchado. La otra voz era masculina. Alejandro entrecerró los ojos hacia la rendija y sintió que el estómago se le revolvía. Era Mauricio, el primo “desempleado” de Valeria, a quien Alejandro había acogido en su casa hacía 2 meses para “ayudarlo a salir adelante”.
Estaban sentados en el sofá de cuero, demasiado juntos. Mauricio servía 2 copas de mezcal artesanal, riendo por lo bajo.
— “Nadie sospecha absolutamente nada”, dijo Valeria, cruzando las piernas.
— “Claro que no, mi amor”, respondió Mauricio, acariciándole la mejilla. “Lo has hecho perfecto… gota a gota.”
El corazón de Alejandro empezó a martillar contra su pecho. ¿Gota a gota? Doña Carmen le apretó el brazo en la oscuridad, advirtiéndole que no se moviera.