¡SE ACOSTÓ CON UN DESCONOCIDO EN UN MOTEL A LOS 65 AÑOS PARA SENTIRSE VIVA, CU PERO AL DESPERTAR ÉL LLORABA ABRAZANDO UNA FOTO DE SU PASADO!

Pero la fantasía de libertad se rompió violentamente al amanecer. Carmen se incorporó sobre el colchón hundido y vio a Roberto sentado al borde de la cama, dándole la espalda. Sus hombros temblaban sin control. Estaba llorando.

—¿Qué tienes? —preguntó ella, jalando la sábana deshilachada para cubrir su pecho desnudo.

Roberto se giró lentamente. Su rostro estaba descompuesto, pálido como el de un cadáver, surcado por lágrimas gruesas. En sus manos temblorosas sostenía un papel amarillento. Una fotografía. Carmen afinó la vista y el corazón le dio un vuelco brutal, robándole el aliento. Era una foto de ella misma. Tenía 25 años en esa imagen, lucía un vestido blanco sencillo y sostenía su vientre abultado por 7 meses de embarazo. Esa foto había desaparecido misteriosamente de su cajón décadas atrás.

—¿De dónde sacaste eso? —exigió Carmen, con la voz temblando de puro terror y confusión.

Roberto la miró como si tuviera frente a él a un fantasma surgido del infierno.

—Anoche… te reconocí cuando te quitaste los aretes —murmuró él, metiendo la mano temblorosa en su saco para sacar una fotografía más pequeña.

La tiró sobre las sábanas arrugadas. Carmen la tomó con dedos torpes. Era la imagen de un recién nacido envuelto en una cobija azul. Prendidos a la tela con cinta adhesiva estaban sus aretes, los mismos aretes de oro con una piedra verde que su difunta madre le había regalado y que misteriosamente se perdieron en el hospital la noche de su tormentoso parto.

—Mi hijo murió en el hospital… a mí me entregaron una caja cerrada —dijo Carmen, sintiendo que la habitación daba vueltas a una velocidad vertiginosa.