¡SE ACOSTÓ CON UN DESCONOCIDO EN UN MOTEL A LOS 65 AÑOS PARA SENTIRSE VIVA, CU PERO AL DESPERTAR ÉL LLORABA ABRAZANDO UNA FOTO DE SU PASADO!
—No —sollozó Roberto, cayendo de rodillas junto a la cama, destrozado—. Tu hijo no murió. Yo soy el hombre que recibió al niño que te robaron hace 40 años.
El terror y la rabia se apoderaron de la mente de Carmen. El ataúd imaginario que había cargado durante tantas décadas acababa de romperse en 1000 pedazos. Daba la sensación de que era imposible creer lo que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
El motel pareció encogerse hasta asfixiarla. Carmen saltó de la cama, ignorando el frío intenso en sus pies descalzos y el dolor en sus articulaciones. Se vistió a toda prisa, con las manos temblando tanto que apenas podía abotonar su blusa color vino.
—¡Habla! —gritó ella, arrojándole una almohada directamente a la cara de Roberto—. ¡Dime quién te dio a mi hijo y por qué lo tienes tú!
Roberto se limpió la cara con la manga de la camisa, pero las lágrimas seguían brotando de sus ojos cansados.
—Mi madre era enfermera en ese maldito hospital. Una noche llegó a nuestra humilde casa con el bebé envuelto. Me dijo que una familia de muchísimo dinero de la alta sociedad tapatía había pagado una fortuna para desaparecerlo. Yo tenía apenas 22 años, Carmen. Fui un cobarde muerto de miedo. Lo tuvimos 2 años escondido en la casa, cuidándolo, hasta que una tarde unos hombres armados con documentos falsos se lo llevaron en una camioneta negra para siempre.
Carmen sentía que le faltaba el aire. Las calles de Guadalajara, con el ruido lejano de los vendedores ambulantes y los camiones de la madrugada, parecían transcurrir en una dimensión paralela. Todo lo que creía saber sobre su sufrimiento era una farsa grotesca.
—¿Quién les pagó? —exigió ella, agarrándolo violentamente por las solapas del saco oscuro—. ¡Dime el maldito nombre!
Roberto bajó la mirada al suelo mugriento, incapaz de sostener la furia asesina en los ojos de aquella madre destrozada.
—Mi madre me lo confesó agónica en su lecho de muerte hace 1 mes. Me dio el nombre de la mujer que orquestó todo este infierno. Es la misma mujer que se sienta a tu lado cada domingo en la primera fila de la misa. Doña Leonor.
El nombre de su suegra cayó como una loza de cemento triturando el alma de Carmen. Doña Leonor. La matriarca intocable de la familia, la mujer de rosario diario, alta sociedad y golpes de pecho que siempre le decía “es la santa voluntad de Dios, mija” cuando Carmen lloraba inconsolablemente por el bebé perdido.
Salieron del motel de golpe. Carmen le ordenó a Roberto que manejara directo a la Parroquia de San Juan Macías. Era domingo, casi las 10 de la mañana. La misa principal estaba a punto de terminar. El trayecto se hizo eterno. Carmen miraba por la ventana, recordando cómo su difunto esposo, Ignacio, le había sostenido la mano en el cuarto del hospital, llorando a mares mientras le juraba por su vida que su bebé no había logrado sobrevivir al parto prematuro. La duda la apuñaló: ¿Él también lo sabía? ¿Él había sido cómplice de su propia madre?
Llegaron a la imponente iglesia. Decenas de familias de élite tapatía salían por las grandes puertas de madera tallada. El olor a copal, incienso y flores frescas inundaba el atrio soleado. Allí, bajando majestuosamente las escaleras con su pesado bastón de caoba y su elegante abrigo de lana, estaba Doña Leonor. A su lado, sosteniéndola del brazo con actitud sumisa, caminaba Jimena, la hija de 37 años que Carmen había tenido con Ignacio tiempo después de la gran tragedia.
Carmen caminó hacia ellas abriéndose paso entre la multitud. Iba despeinada, con el maquillaje corrido y la ropa arrugada por la noche de pasión y llanto en el motel, pero caminaba con la fuerza destructiva de una leona a la que le han devuelto sus garras y su fiereza.
—¡Mamá! —exclamó Jimena, soltando rápidamente el brazo de su anciana abuela al ver el estado deplorable de Carmen—. ¿Qué te pasó? ¿Por qué vienes así a la iglesia?
Carmen no miró a su hija ni por una fracción de segundo. Sus ojos inyectados en sangre estaban clavados en la anciana de 85 años, cuya expresión altiva y dominante no vaciló ni un instante al verla acercarse.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Carmen, con una voz profunda y rasposa que resonó en todo el atrio de piedra.
Varias señoras copetonas con velos de encaje en la cabeza se detuvieron a mirar, escandalizadas. El chisme corrió rápido entre los trajes caros y los perfumes importados.