Sebastián, escúchame bien.....

 

Sentí el corte de la copa en la palma volver a arder. La sangre me corría por la muñeca y se metía debajo del puño de la camisa. No me importó. Lo único que importaba en ese instante era que mi padre no estaba montando una humillación improvisada. La estaba ejecutando como parte de un plan. Uno viejo. Uno pensado. Uno donde Lucía no era el blanco principal.

Yo lo era.

Seguí escuchando.

—¿Y la muchacha sabe que la propiedad de la Cañada está a nombre del primer fideicomiso? —preguntó Baeza.

Mi padre respondió de inmediato.

—No. Lo único que sabe es que la firma de su madre estaba en unos recibos. Y ni siquiera entiende qué significa eso.

Mi respiración se cortó.

La madre de Lucía.

Apreté los ojos.

Hacía tres meses Lucía había encontrado una caja con papeles viejos tras la muerte de su mamá. Me había dicho, nerviosa, que había firmas, cartas, unos contratos antiguos y el nombre de mi padre aparecía varias veces. Yo quise revisarlo con calma, pero ella se asustó. Dijo que quizá no era nada, que tal vez solo eran papeles de cuando su madre trabajó para la familia Salgado siendo joven. Le creí a medias. Insistí en enseñárselos a alguien. Dos días después, la caja desapareció de su departamento.

Lucía juró que había cerrado con llave.

Yo pensé que había sido Patricia.

Ahora ya no pensaba. Sabía.

En el audio, Baeza habló otra vez.

—Debió dejar que yo destruyera esos documentos.

Mi padre soltó un bufido.

—No. La mejor forma de desaparecer algo es desacreditar a quien lo muestra. Si Lucía acaba esposada por robo y falsificación, cualquier papel que saque después parecerá venganza. Nadie le va a creer.

Me quedé sin aire.

Eso era.

No querían solo callarla. Querían volverla increíble. Sucia. Ladrona. Peligrosa. Para que, cuando dijera la verdad, pareciera un delirio de resentida.

El audio siguió.

—¿Y Patricia? —preguntó Baeza.

La respuesta de mi padre me dejó un sabor a metal en la boca.

—Mi hija entendió por fin que el apellido Salgado se defiende o se pierde. Y si quiere seguir viviendo como vive, más le vale no temblarme ahora.