No sé qué me dolió más: escuchar cómo usaba a Patricia igual que a todos, o descubrir que ella había aceptado ser usada con tal de mantenerse del lado correcto del poder.
El audio terminó con una frase que me terminó de partir por dentro.
—Mañana, cuando Sebastián despierte sin esposa y con media ciudad compadeciéndolo, va a agradecerme haberlo salvado. Los hombres solo odian a sus padres hasta que heredan sus zapatos.
La grabación se cortó.
Me quedé en silencio, oyendo el viento entre los mezquites y el rumor lejano de la fiesta en ruinas. Luego miré la pantalla. Debajo del archivo había otro mensaje del número desconocido:
“Hay más. Si quieres hundirlos, no hagas escándalo todavía. Empieza por tu hermana.”
Levanté la vista.
Patricia.
Seguía en el extremo del jardín, hablando por teléfono junto a la pila de las botellas vacías. Ya no tenía la sonrisa venenosa de antes. Ahora parecía un animal acorralado, moviendo la mano libre demasiado rápido, como si quisiera espantar algo que nadie más veía.
Guardé el teléfono.
Me limpié la sangre en el saco.
Y caminé hacia ella.
No corrí. No hice ruido. La vida me había enseñado algo esa noche: las peores verdades no se sacan a gritos. Se dejan hablar solas.
Cuando me vio acercarme, colgó de golpe.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, fingiendo fastidio—. Deberías estar con papá. Está tratando de salvar lo poquito que queda de dignidad en esta boda.
La miré un segundo.
—¿A quién le hablabas?
—A nadie que te importe.
—A ver si entendí —dije—. ¿Mi esposa esposada delante de doscientos invitados y lo que te preocupa es la dignidad?
Patricia puso los ojos en blanco.
—Ay, por favor, Sebastián. No empieces con tu cara de mártir. Lucía sabía perfectamente con quién se metía.
—No. La que sabía perfectamente eras tú.
Vi el golpe en su cara.
Pequeño.
Pero real.
—No sé de qué hablas.
Saqué el celular.
No le enseñé toda la grabación.
Solo la parte donde mi padre decía: “Patricia entendió por fin que el apellido Salgado se defiende o se pierde”.
Le di play.
La escuchó.
No dijo nada.
Le tembló apenas un músculo en la mandíbula.
—¿Quién te mandó eso? —susurró.
—La pregunta no es esa. La pregunta es: ¿qué firmaste?
Patricia se rio, pero le salió mal.