Patricia cerró los ojos como si pronunciar el nombre le quemara la lengua.
—A una niña.
No supe qué cara puse, pero ella retrocedió medio paso.
—¿Qué niña?
—No sé su nombre real. En los papeles aparecía como “la menor Herrera”. La madre de Lucía encontró copias y se las guardó. Después quiso usarlas para exigir dinero. Papá dijo que era chantaje. Abuelo dijo que era limpieza.
Limpieza.
Otra vez la palabra bonita para nombrar el crimen sucio.
—¿Y Lucía?
—Lucía heredó la caja cuando murió su mamá. Pensó que era solo una forma de demostrar que su madre había sido engañada por los Salgado. No entendía todo. Por eso papá tuvo tiempo de moverse.
—¿Matarla socialmente antes de que entendiera?
No me respondió.
Eso también era respuesta.
Respiré hondo.
—¿La niña existe?
Patricia bajó la vista.
—No sabemos.
—No me mientas.
—¡No sabemos! —explotó, y por primera vez sonó más cansada que mala—. Hubo rumores. Que la sacaron del país. Que la registraron con otro nombre. Que murió. Que vive. Papá nunca dijo todo. Solo lo necesario para que obedeciéramos.
La palabra obedeciéramos me pegó raro.
Porque de pronto Patricia ya no parecía solo cómplice. Seguía siéndolo, sí. Pero también era hija de la misma maquinaria que me estaba triturando a mí. A ella la habían criado para parecer útil. A mí para parecer digno. A Lucía para parecer amenaza. Mi padre llevaba décadas repartiendo papeles.
—¿Y tú obedeciste? —pregunté.
Patricia levantó la cara. Tenía los ojos brillosos y eso me desconcertó más que cualquier respuesta.
—¿Tú no? —me lanzó—. ¿Cuántos años tardaste en ver qué clase de hombre era? ¿O lo sabías y te daba igual mientras te tocara el despacho del centro, la camioneta nueva y las cenas con gobernador?
La frase me atravesó porque tenía veneno… y verdad.
Sí. Yo había sabido cosas. No todo, nunca todo, pero suficientes. Facturas raras. Proyectos inflados. Socios desaparecidos. Pleitos callados a billetazos. Y elegí pensar que eran grises manejables, no tumbas abiertas. Elegí la comodidad de no mirar de frente.
Hasta que lo hizo con Lucía.
Hasta que el monstruo se sentó a mi mesa.
Patricia me tocó el codo.
—Si quieres sacarla, ve ya. La orden no venía para que durmiera en separos. Venía para quebrarla antes del amanecer.
El jardín se me hizo pequeño.
—¿Dónde?
—Fiscalía de Delitos Patrimoniales. Pero no la van a tener mucho. Papá ya mandó mover a alguien.
—¿A quién?
Patricia no respondió.
Miró otra vez hacia el salón.
Y entonces lo vi.
Mi padre venía hacia nosotros.
Lento.
Seguro.
Con las manos limpias y una media sonrisa de hombre que cree haber recuperado el control porque el hijo se le fue a un rincón a rabiar en silencio.
Mi madre venía detrás, pálida.
Mi tío Armando también.
Y dos hombres que no conocía, de traje oscuro y expresión plana, caminaban un poco más atrás.
Patricia me soltó como si quemara.
Demasiado tarde.
Mi padre llegó a nuestra altura y miró a su hija primero.
—¿Ya le explicaste a tu hermano cómo funciona el mundo?
Patricia no contestó.
Él me miró a mí.
—Sebastián, deja el celular.
—No.
Su sonrisa se borró apenas.
—No te conviene desafiarme esta noche.
—No te conviene seguir hablando como si todavía fueras el dueño de mi silencio.