Sebastián, escúchame bien.....

—Estás loco.

—¿Qué firmaste?

—Nada.

—Entonces lo pregunto distinto. ¿Qué te prometieron?

Su respiración cambió.

Miró hacia el salón, buscando a mi padre. Yo seguí su mirada. Don Ernesto seguía brindando con mis tíos como si la peor traición de la noche hubiera sido la de una novia trepadora y no la de un padre enterrando vivo a su propio hijo.

Volví a mirarla.

—Te prometieron la presidencia del grupo cuando yo cayera, ¿verdad?

Patricia palideció.

Y ahí estuvo la respuesta.

Mi hermana siempre quiso poder. No dinero solamente. Poder. La silla al final de la mesa. Las llaves del despacho. La voz que hace que otros callen. Mi padre llevaba años usándola para pelear guerras pequeñas dentro de la familia. Hacerla competir conmigo era su forma favorita de entretenimiento.

—No me dieron nada —dijo por fin—. Solo me recordaron lo que Lucía iba a hacerte.

—¿Y qué era eso?

Bajó la voz.

—Quitarte todo.

Me acerqué un paso.

—¿Con qué pruebas?

Patricia apretó los labios.

—Las de su madre.

—¿Qué pruebas?

—No sé.

Le sostuve la mirada hasta que dejó de actuar.

—Mientes fatal cuando estás asustada —le dije—. Desde niña.

Me tembló la mano cuando la agarré del brazo. No con violencia, pero sí con la firmeza suficiente para que entendiera que ya no estaba frente al hermano que sonreía para sostener la paz.

—Escúchame bien, Patricia. Lucía salió de aquí esposada y, si no me dices la verdad ahora, el siguiente Salgado que vea una patrulla de cerca no va a ser ella.

Patricia tragó saliva.

—Su madre trabajó en la notaría de abuelo Efraín —dijo al fin—. Ahí vio cosas. Firmas. Testamentos. Transferencias que no debían existir.

Sentí el estómago hundirse.

El abuelo Efraín.
El origen del apellido.
El hombre al que en la familia nombraban casi como santo fundador, cuando en realidad había levantado la mitad del grupo empresarial con triangulaciones, amenazas y matrimonios convenientes.

—¿Qué cosas?

—Un testamento viejo —susurró—. Uno que nunca se presentó. Uno donde la hacienda, la embotelladora y las acciones de Querétaro no iban a papá.

Mi corazón dio un golpe.

—¿A quién iban?