Sebastián, escúchame bien.....

A su lado venía una mujer de cabello corto con traje gris y una carpeta bajo el brazo. Detrás, dos hombres de asuntos internos y el comandante que, hacía una hora, había permitido que se la llevaran.

Mi padre perdió color.

Lucía me miró un segundo.

No sonrió.
No me perdonó con los ojos.
Pero tampoco me apartó la mirada.

Eso, en ese momento, fue más de lo que merecía.

La mujer del traje gris abrió la carpeta.

—Soy la licenciada Rebeca Montiel, fiscal especial adscrita a la unidad anticorrupción del estado. Y acabo de recibir pruebas suficientes para abrir investigación inmediata por fabricación de cargos, obstrucción de la justicia, desaparición de documentos notariales y asociación delictuosa.

Mi tío Armando empezó a decir que aquello era un absurdo.
Baeza habló de influencias.
Mi madre se llevó la mano al pecho.
Patricia se quedó inmóvil.

Yo solo podía ver a Lucía.

Mi esposa.

La mujer a la que dejé salir esposada porque necesitaba más que rabia: necesitaba la caída completa del teatro.

Lucía levantó la barbilla y habló con una serenidad que me hizo entender cuánto había llorado ya sin que yo la viera.

—Don Ernesto —dijo—, la niña Herrera sí existe. Y no fui yo quien guardó la prueba. Fue su propia hermana antes de morir. Su apellido lleva décadas robando más de lo que hereda.

Mi padre intentó recuperar la voz.

—No sabes de qué hablas.

Lucía sonrió apenas.

—Ahora sí.

La fiscal tomó un documento de la carpeta.

—Empezaremos con la orden de resguardo sobre las propiedades vinculadas al testamento de Efraín Salgado y con la detención preventiva de los aquí mencionados.

Mi padre dio un paso atrás.

Mi madre soltó un gemido.

Baeza empezó a sudar.

Patricia cerró los ojos.

Y yo entendí que aquella boda no había sido arruinada.

Había sido usada.

Como carnada.
Como escenario.
Como campo de ejecución.

Lucía seguía mirándome.

Se acercó apenas un paso, lo suficiente para que solo yo oyera lo que dijo:

—Tienes una oportunidad, Sebastián. No para salvarme. Para decidir de una vez de qué lado naciste de verdad.

Quise tocarla.

No me atreví.

Porque algunas traiciones no se arreglan con manos. Se arreglan con años. Con pruebas. Con caer con ella si hace falta.

La fiscal llamó al comandante.
Los hombres de asuntos internos avanzaron.
Mi padre, por primera vez en mi vida, pareció viejo.

Muy viejo.

Pero justo cuando uno de ellos sacó las esposas, el celular de Lucía vibró.

Ella lo miró.
Su cara cambió.

No a miedo.