Eran muchos millones.
Más de los que cualquiera en esa sala habría asociado jamás con unas zapatillas gastadas y una carpeta transparente con esquinas dobladas.
La mujer del vestido marfil fue la primera en hablar, esta vez sin ironía.
—Dios mío…
El gerente apartó la pantalla de inmediato y señaló la puerta lateral.
—Por favor.
David recogió la carpeta con cuidado y caminó tras él. Las suelas rozaron el mármol con un sonido pequeño, casi tímido, que contrastaba con la tensión de la sala.
Cuando la puerta se cerró, el murmullo del salón quedó lejos. La sala privada olía a cuero nuevo, café caro y aire demasiado frío.
Había una mesa de madera oscura, dos sillones y una pantalla empotrada en la pared. Todo estaba diseñado para tranquilizar a la gente rica. A David le pareció un lugar triste.
El gerente no se sentó enseguida. Abrió un archivador digital, revisó varios protocolos y llamó por una línea interna con voz extrañamente respetuosa.
—Necesito confirmar la activación del protocolo Herencia Miller. Sí, ahora mismo. El titular está presente.
David alzó la vista.
—¿Herencia Miller?
—Sí —respondió el gerente, sin atreverse todavía a mirarlo a los ojos—. Su abuelo dejó instrucciones muy precisas.
El niño se acomodó en el borde del sillón, sin apoyar la espalda.
—Mi abuelo no hablaba mucho de dinero.
—A veces quienes más tienen son quienes menos hablan de ello.
David bajó la mirada.
—Él no era así. Hablaba poco de casi todo.
Eso dejó suspendida una verdad más honda en la habitación. El gerente entendió, demasiado tarde, que había confundido sencillez con insignificancia.
Unos minutos después entró una mujer mayor, de traje azul oscuro y paso sereno. No parecía sorprendida. Parecía preocupada.
—Soy Helena Ríos, directora jurídica de la entidad —dijo—. ¿Usted es David Miller?
—Sí, señora.
Ella observó la carpeta transparente, los papeles bien guardados, el modo en que el niño se sentaba sin tocar nada ajeno. Después miró al gerente, y en esa mirada había una reprimenda silenciosa.
—Déjenos a solas un momento.
El gerente abrió la boca, quiso decir algo, pero se contuvo. Salió con una rigidez humillada que David sí notó, aunque no comentó.
Helena ocupó el sillón frente a él y apoyó ambas manos sobre la mesa, a la vista, como hacen quienes no quieren asustar.
—Antes de continuar, quiero decirte algo que debió decirse desde el principio. Lamento profundamente cómo te trataron allá afuera.
David tardó un segundo en responder.
—Estoy acostumbrado.
Helena bajó la mirada. Aquella frase, dicha sin drama, pesó más que un reproche.
—No deberías estarlo.
Él se encogió apenas de hombros.
—Mi abuelo decía que cuando la gente se ríe demasiado fuerte, normalmente intenta no mirar algo suyo.
La mujer sostuvo el aire un momento.

