Caminamos por pasillos que olían a cloro, sopa de hospital y cansancio. Pasamos junto a madres con bolsas de pañales, abuelas rezando y papás dormidos en sillas incómodas. Yo apenas podía respirar.
Cuando entré al área de cuidados neonatales, escuché primero los monitores.
Pip.
Pip.
Pip.
Luego la vi.
Era pequeñita, demasiado para seis meses. Tenía una gorrita blanca, una sonda pegada a la mejilla y los puñitos cerrados como si estuviera peleando contra el mundo desde antes de aprender a llorar bien.
Me acerqué a la cuna.
—No toque nada —advirtió una enfermera.
Asentí.
La bebé abrió los ojos.
Grandes. Negros. Serenos.
Y entonces, como si me reconociera de otra vida, sonrió apenas. Una sonrisita débil, temblorosa, mínima.
Pero suficiente para partirme en dos.
Antes de ella.
Después de ella.
—Se llama Alma —susurré.
Beatriz frunció el ceño.
—Señora, todavía no puede…
—No estoy hablando de papeles —dije sin dejar de mirarla—. Estoy hablando de ella.
Porque eso era. Alma. Una vida pequeña, conectada a cables, abandonada en una cuna sin nombre, pero viva. Tan viva que su mirada me sostuvo completa.
Esa tarde no firmé nada. No pude llevarla. No pude prometerle futuro. Pero antes de irme me acerqué a su cuna y le dije:
—Mañana regreso.
Esa noche no dormí. Abrí cajones, saqué cobijas nuevas que había comprado años atrás y guardado por vergüenza. Busqué una libreta y escribí en la primera página: “Cosas de Alma”.
No sabía de medicinas. No sabía de oxígeno. No sabía de crisis cardíacas ni de hospitales. No sabía cómo amar a alguien que quizá podía irse cualquier noche.
Pero sí sabía algo.
Esa niña no volvería a ser solo “la del cunero tres”.
Y cuando al día siguiente regresé con pañales, una cobijita amarilla y las manos temblando, la doctora me miró con una seriedad que me dejó helada.
—Antes de encariñarse, tiene que entender algo: esta bebé puede no sobrevivir.
Apreté la bolsa contra mi pecho.
Entonces, detrás de la puerta, escuché un llanto chiquito, roto, desesperado.
Y supe que ya era demasiado tarde para irme.
PARTE 2
Mi hermana Teresa fue la primera en decirme que estaba loca.
—Mariana, una cosa es adoptar y otra meterte a vivir en un hospital esperando una tragedia —me soltó por teléfono, con la voz quebrada de coraje y miedo.
Yo estaba sentada junto a la cuna de Alma, mirándola dormir con la boca entreabierta y una manita aferrada a mi dedo.
—No estoy esperando una tragedia —le contesté—. Estoy acompañando a mi hija.
Hubo silencio.
—¿Tu hija?
—Sí.