—Y saliste con mi nombre pegado al pecho —interrumpió sonriendo.
—Exacto.
—¿Te dio miedo?
—Muchísimo.
—¿Y por qué no te fuiste?
Le acaricié el cabello.
—Porque abriste los ojos. Y entendí que a veces una encuentra a sus hijos no donde los imaginó, sino donde más la necesitan.
Alma bostezó.
—Yo te necesitaba.
La besé en la frente.
—Yo también, mi amor.
Apagué la luz y me quedé en la puerta, escuchando su respiración.
Todavía lo hago.
Porque hubo un tiempo en que nadie decía su nombre. Hubo un tiempo en que su vida cabía en un expediente y su futuro en un diagnóstico.
Pero hoy no es la bebé del cunero tres.
Es mi hija.
Se llama Alma.
Y mientras su corazón siga haciendo pum pum, aunque sea despacito, aunque dé miedo, aunque tiemble, aquí estaremos las dos.
Viviendo hoy.