El hombre se quedó de pie en la sala, mirando el pasillo que llevaba al fondo de la casa.
“¿Por qué duerme ella allá atrás?”, preguntó con voz tranquila.
Mi nuera sonrió sin mirarme. “Porque esta casa es mía”, dijo. Y las viejas se callan.
Sentí el golpe como si me hubieran empujado contra la pared. No sabía quién era él. No sabía que esa pregunta iba a romper cinco años de silencio, ni que esa sonrisa iba a desaparecer muy pronto.
Yo estaba lavando el piso del cuarto del fondo cuando escuché el portón rechinar. Ese sonido me atravesó el cuerpo como un recuerdo mal guardado. No cualquier rechinido, ese, el de la bisagra torcida que nunca arreglaron, el que anuncia pasos ajenos. Hacía años que nadie empujaba ese portón con decisión.
Dejé el trapo dentro del balde y me quedé quieta, con la espalda doblada, esperando a que el dolor de la rodilla se diera un poco. A los sesenta y tres, cada movimiento pedía permiso.
Desde la ventanita del cuarto apenas veía el muro trasero y una cubeta rota que Julián prometió cambiar la próxima semana. Seis meses después, la cubeta seguía ahí, acumulando agua de lluvia.
Me sequé las manos en el delantal y agucé el oído. Pasos en el patio. Alguien subiendo al porche. El timbre sonó.
El estómago se me fue al suelo.
Nadie tocaba el timbre en esa casa. Julián y Camila tenían llaves. Los vecinos dejaron de venir hace tiempo. A mí ya no me visitaba nadie.
Escuché la voz de Camila desde la sala, áspera, apurada. Luego, una voz de hombre respondió, grave, medida, con un acento que me erizó la piel de los brazos.
Salí del cuarto descalza, caminando despacio sobre el piso frío, tratando de no hacer ruido. Cuando me acerqué al pasillo, la voz dijo mi nombre.
“Doña Teresa.”