Podía mentir una vez más.
Podía decir que no, que solo les pidió ayuda sin detalles, que todavía había algo privado, algo salvable, algo digno de ocultar.
Si mentía, protegería a Diego del juicio ajeno.
También protegería una parte de sí misma: la madre que aún quería creer que el desastre podía arreglarse en casa.
Si decía la verdad, él cargaría por fin con el peso de lo ocurrido.
Pero también quedaría expuesto ante todos.
Y quizá la odiaría para siempre.
Elena levantó la mirada.
No le tembló la voz.
—Sí.
Les dije la verdad.
Diego se quedó quieto, blanco de rabia.
—¿Les dijiste que te pegué?
—Sí.
—¿A todos?
—A Mauro.
A tu tía Sonia.
Y al abogado.
La respiración de Diego se volvió corta.
Ya no era soberbia lo que le salía del pecho, sino vergüenza.
Una vergüenza brutal, nueva, casi animal.
—No tenías derecho —dijo entre dientes.
Elena lo sostuvo con la mirada.
—Anoche perdiste el derecho a pedirme silencio.
Aquella frase quebró algo.
No en Elena, como había pasado tantas veces.
Esta vez fue en él.
Diego dio un paso atrás y se dejó caer en la silla.
Su enojo seguía allí, pero debajo apareció una grieta más peligrosa:
la comprensión.
Comprendió que no estaba frente a una amenaza pasajera.
Comprendió que la versión protegida de sí mismo acababa de morir en boca de su madre.
Y con esa muerte, por fin, empezaba a ver el tamaño de lo que había hecho.
No porque se hubiera arrepentido del todo, sino porque ya no había dónde esconderlo.
Elena lo observó en silencio.
Había esperado durante años ese momento imposible:
que Diego entendiera algo sin necesidad de que ella se destruyera para explicárselo.
Pero lo que vio no fue alivio.
Fue pena.
Porque incluso en esa victoria amarga seguía viendo a su hijo.
Vio al niño de nueve años esperando en la puerta a un padre que prometía llegar.
Vio al muchacho de catorce rompiendo los cuadernos después del divorcio.
Vio también al joven de veintitrés años que eligió convertir su dolor en amenaza.
Y entendió, con una lucidez cruel, que las tres versiones convivían en la misma persona.
Ninguna borraba a la otra.
Eso era lo más difícil.
Que Diego podía ser herido y peligroso al mismo tiempo.
—Podemos buscar ayuda —dijo Elena, y cada palabra le costó—.
Terapia, trabajo, tratamiento, lo que sea.
Pero no será aquí.
No conmigo sola.
Diego levantó la cabeza lentamente.
Había lágrimas en sus ojos, aunque él parecía odiarlas.
—¿Y si digo que voy a cambiar?
Elena sintió cómo el corazón le empujaba el pecho.
Ésa era la pregunta que había esperado toda la noche y, al mismo tiempo, la más difícil de responder.
Porque quería creerle.