Lo quería con una fuerza absurda, maternal, desgastada, casi humillante.
Quería agarrarse a esa promesa y cancelar todo.
Quería decirle que sí, que bastaba con oír esas palabras.
Quería volver atrás una hora, una noche, ocho años enteros.
Pero entendió algo terrible y limpio:
no estaba obligada a confiar en una promesa solo porque saliera de la boca de su hijo.
El amor no la obligaba a regalarle otra oportunidad dentro del mismo lugar donde ya había aprendido a lastimarla.
—Ojalá cambies —dijo por fin—.
De verdad lo deseo.
Pero no voy a apostar mi vida a esa posibilidad.
Roberto bajó la mirada.
No porque dudara, sino porque supo que Elena acababa de hacer lo más difícil que una madre puede hacer sin dejar de amar.
Diego se secó la cara con rabia, casi avergonzado de llorar.
—Entonces ya decidiste todo.
—No —respondió Elena—.
Tú decidiste anoche.
Yo solo dejé de taparlo.
Otra vez el silencio.
Se oía un perro ladrando a lo lejos, el motor de un camión, el café enfriándose.
La vida del barrio seguía, indiferente, detrás de las cortinas.