Una esposa llegó a su cena de aniversario con el ojo morado y 50 invitados en silencio…-olweny

PARTE 2
Me encerré en el baño y me vi al espejo. El ojo se me estaba cerrando, la ceja seguía sangrando y la mejilla tenía la marca roja de la mano de Lorena. Parecía otra mujer. No Mariana, la maestra tranquila que llevaba lonches a sus alumnos y pintaba flores los domingos. Parecía una sobreviviente. Mi celular vibró. Sofía. Esta vez contesté. —Sofi… necesito ayuda. No tuve que decir más. Mi hermana escuchó mi voz y supo que algo estaba roto. —¿Dónde estás? —En la casa. Me golpearon. Lorena me pegó, Patricia me empujó y Diego… Diego les dijo que lo hicieran. Hubo un golpe al otro lado, como si hubiera tirado algo. —Voy para allá. —Estamos por salir a la cena. —No vayas, Mariana. Sal de esa casa. —Si no voy, él va a inventar que estoy loca. Que soy exagerada. Pero si todos ven mi cara… no podrá esconderlo. Sofía guardó silencio unos segundos. Luego su voz cambió. Sonó firme, peligrosa. —Entonces ve. No ocultes nada. Yo llego antes del postre. Mantén el celular cerca. Graba lo que puedas. Durante una hora me maquilllé frente al espejo mientras ella permanecía en la línea. No pude cubrir el moretón. El corrector solo hizo más evidente la hinchazón. Cuando Diego tocó la puerta, casi se me cayó el teléfono. —Diez minutos, Mariana. Y recuerda: fue un accidente. —Sí —respondí. Sofía lo escuchó todo. —Ya lo tengo grabado —me dijo—. Aguanta un poco más. El camino al restaurante fue una tortura. Diego manejaba en silencio. Lorena y Patricia iban atrás tomando selfies. —Te quedó bonito el golpe —dijo Patricia—. Muy dramático. —Ojalá ahora sí aprendas a caminar —añadió Lorena. Yo miraba por la ventana, con el celular grabando dentro de mi bolsa. En las calles de la Ciudad de México, la gente seguía su vida: vendedores de flores, familias comiendo tacos, parejas caminando de la mano. Me pareció imposible que el mundo siguiera normal mientras el mío se caía. Al llegar al restaurante, Diego me abrió la puerta como todo un caballero. Para quien no lo conociera, parecía un esposo atento. Pero sus dedos se enterraron en mi brazo. —Sonríe —me dijo al oído—. Una palabra equivocada y vas a lamentarlo. El salón estaba decorado con bugambilias, velas y mesas largas con manteles blancos. Mis papás ya estaban ahí. Mi mamá me vio entrar y se puso pálida. Diego me rodeó los hombros con el brazo. —Buenas noches a todos —dijo con voz alegre—. Gracias por acompañarnos en nuestro aniversario. Nadie respondió. Todos miraban mi cara. Entonces Diego cometió su primer error. —Mariana tuvo un accidente —dijo, y luego soltó una risa baja—.