Ropa mojada seguía dentro de la lavadora.
La mochila de la escuela estaba lista junto a la puerta.
Una taza de café frío permanecía intacta en la cocina.
En el cuarto, encontró la cartera de Carlos y sus llaves sobre el buró, junto a una foto de Sofía sonriendo sin los dientes de enfrente en una feria patronal.
En la pared había un calendario lleno de notas:
Doble turno
Comprar medicina
Cita Sofía
Pasar por caldo
Elena se quedó mirando en silencio.
Los hombres que abandonan a sus hijos no dejan preparada la casa para volver.
Al salir, don Rogelio, un vecino anciano, se acercó nervioso, retorciendo su gorra entre las manos.
“Yo vi a Carlos esa noche”, confesó. “Iba corriendo hacia la avenida, bajo la lluvia. Dijo que tenía que comprar la medicina de la niña.”
Mariana lo miró de golpe.
“¿Y después?”
Don Rogelio tragó saliva.
“Oí un frenón. Luego un golpe fuerte. Pero con la tormenta… pensé que había sido un camión.”
“¿Por qué no avisó?”
El hombre bajó la mirada.
“Porque aquí todos preferimos no meternos… hasta que ya es demasiado tarde.”
Esa tarde, el hospital recibió una llamada extraña.
Jessica contestó.
La voz de un hombre se escuchó débil, entre estática.
“¿Mi niña está viva? Por favor… dígame si Sofía está viva…”
“¿Quién habla?”, preguntó Jessica, alarmada.
Pero la llamada se cortó.
Cuando Sofía escuchó la noticia, se incorporó en la cama.
“¡Era mi papá!”, gritó llorando. “¡Yo sé que era él!”
Elena intentó calmarla.
“No podemos estar seguras, mi amor.”
“Sí podemos”, insistió Sofía. “Él siempre me dice lucerito. Pregúntenle si soy su lucerito.”
Antes de rastrear el número, entró otra llamada.
Un hospital pequeño, a casi ochenta kilómetros, había recibido a un hombre sin identificación después de un accidente en la tormenta.
Cuando despertó, repetía una sola frase:
“Mi hija está sola. Tengo que volver con Sofía.”
Mariana miró a Elena.
Elena miró a la doctora Ríos.
Y justo cuando iban a confirmar si aquel hombre era Carlos, la puerta del cuarto se abrió de golpe…