Y así comenzó la etapa más difícil.
Se fueron a rentar un cuartito pequeño, pegado al mercado, con techo de lámina y paredes húmedas.
En tiempo de lluvia, el agua se metía por las esquinas.
En tiempo de calor, el cuarto parecía un horno.
Pero Doña Teresa nunca se quejó.
Lavaba ropa ajena.
Vendía comida.
Barría casas.
A veces limpiaba patios, a veces cuidaba niños, a veces aceptaba cualquier trabajo que apareciera.
Todo, absolutamente todo, era para pagar las colegiaturas, los libros y los gastos de sus hijos.
Y aunque el cuerpo ya le dolía, seguía adelante.
Porque cada vez que miraba a Emiliano y a Julián estudiar hasta la madrugada, sentía que el sacrificio sí valía la pena.
PARTE 2

Doña Teresa tenía cincuenta y seis años y era viuda.
Solo tenía dos hijos: Emiliano y Julián.
Desde que su esposo murió en un accidente de construcción, ella tuvo que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.
No tenía negocio, no tenía riquezas, no tenía a nadie que la rescatara.
Solo le quedaba su fe, sus manos cansadas y la esperanza de que sus hijos algún día pudieran vivir mejor que ella.
LA SOLEDAD DE UNA MADRE QUE RESISTIÓ
Los años siguieron pasando.
Emiliano terminó sus estudios relacionados con la aviación.
Julián fue detrás de él, aferrado al mismo sueño.
Ambos querían volar.
Ambos querían romper el destino de pobreza que parecía perseguir a su familia.
Pero la vida no les abrió el camino de inmediato.
Para seguir avanzando, para pagar certificaciones, horas de vuelo y todo lo que exigía ese mundo tan caro, tuvieron que irse lejos.
Primero a otras ciudades, luego fuera del país.